- BUENOS AIRES - ARGENTINA - © EL ELECTRON

 

 

Desde el puente*

 

Para Dominick Cannavo, por su cumpleaños 51

Se detuvo donde el río se tornaba cascada... Vista desde lo alto hacía remembrar la cortina que abre el paraíso. Se asomó a la baranda para ver mejor el eterno hervidero, sintió algo de vértigo y tuvo que echarse atrás. A esa hora de la madrugada el puente y ella estaban solos.

Unos pasos a su espalda la desmintieron. Se volteó, un hombre venía con un estuche de violín al hombro. ¿Cuántas cosas puede contener un estuche de esas medidas? Había escuchado historias al respecto... Drogas, un arma, cigarros, cartas de amor, flores hurtadas de los jardines, la oreja de Van Gogh... El intruso, como si no hubiera notado su presencia, se paró a escasos dos metros, muy pegado a la baranda y abrió la caja. El corazón de ella se encogió, no quería aparecer violada y acuchillada a la mañana siguiente.

Extrajo un violín, que acomodó dulcemente en su hombro y, empuñando el arco, comenzó a arrancarle una melodía.

Ella se arrimó despacio, intentando no perturbar el sonido con el rumor de sus pisadas y se acurrucó en el suelo. Las notas se fundían con la brisa nocturna, con el agua cayendo hacia el abismo, con el susurro de los árboles en las márgenes del río. Él era singularmente bello, pálido, presa de un aire lánguido que lo envolvía como un aura, los cabellos oscuros ondeando, como escapando, los ojos cerrados, cual si viera un paisaje mejor aún que el que les regalaba la luna llena. Ella pensaba en la posibilidad de que se hubiera hecho real su mayor sueño: un concierto magistralmente ejecutado para ella sola... Mas comprendió que la música es un regalo exclusivo para aquel que la escucha, porque no puede ser atrapada. El pasado se borra, el futuro no existe hasta que se transforma en el “ahora”: solo tenemos ese soplo evanescente, la nota que vibra en cada segundo, eterno regalo.

La celebración a la vida y a la magnificencia de lo etéreo, duró hasta las primeras luces del alba. Él abrió los ojos, como despertando. Ella se incorporó, las piernas entumecidas.

- Tengo que darte las gracias, te debo tanto... vine aquí dispuesta a suicidarme. Tu música me ha devuelto la esperanza, la fe en lo que puedo encontrar a cada paso, aún sin pedirlo, ni esperarlo.

La vio partir y guardó su violín. "Yo también, ¿lo recuerdas? – dijo al puente, acariciando la baranda – Fue hace muchos años… y nadie acudió a salvarme".


*De Marié Rojas.

La Habana. Cuba.