- BUENOS AIRES - ARGENTINA - © EL ELECTRON

La fuerza del destino

Noche cerrada. Una hermosa luna llena cubre con su brillo indiferente la totalidad de la pampa. El intenso frío congela la escena en la retina del posible testigo ocular, quien temblaría sin remedio ante la presencia de este viento implacable.
Sólo que no hay un alma por estos parajes, junto al cruce ferroviario y la Cruz de San Andrés, que testifique respecto de lo que está a punto de ocurrir.
Allá en el horizonte surge un par de faros, acercándose solitarios y morosos, brillando tenues sobre los pulidos rieles del tendido vial. El apagado rumor del motor de la estanciera se deja oír hasta que el vehículo se detiene, a escasos centímetros de los erosionados durmientes de quebracho. Dentro, un hombre mayor se recuesta contra la butaca, cansado de conducir, quizá hasta fatigado de su propia existencia. Enciende un cigarrillo con extrema cautela, más por agotamiento que con prudencia. La llama del encendedor ilumina durante un segundo aquel semblante duro, de líneas firmes, aunque dueño de una expresión funesta. Apenas baja un poco la ventanilla al exhalar el humo, mirando hacia el frente, sin fijar la vista en nada concreto. Fuma con movimientos ausentes y pausados.
Y espera.
Sus ojos se pierden entre los recuerdos de las horas pasadas. Los momentos vividos durante aquella noche lo confunden. ¿Cómo puede ser que haya ocurrido algo así? Si hasta esta misma tarde había estado mateando con ella… La imagen de Norma, imperecedera en su cotidianeidad, irrumpe dolorosa por encima del volante. Y el tiempo parece retroceder.
¿Cómo empezó? Algo lo confunde. Sólo sabe que le entregó el amargo, ya medio lavado y se llevó una torta frita a la boca cuando ella le comentó algo y lo alteró. Fue algo acerca de… ¿Qué había sido? Una estupidez, de seguro; nada importante. Norma no es de hacer comentarios trascendentes. Si por eso le gustó tanto cuando la conoció, y esa misma cualidad fue la que lo decidió para casarse, “allá lejos y hace tiempo”, como rezaba G. E. Hudson en aquel clásico literario de otras épocas. Esa virtud de saber callar a tiempo, Norma la traía de la cuna; o la había desarrollado a su lado, quién sabe. Sólo que esta noche, por única vez, había hablado de más…
Trata de recordar el diálogo mantenido, mientras exhala el humo y arroja la colilla por la ventana, pero es inútil. Las palabras se han alejado, huyendo hacia el olvido, ocultándose detrás del muro… Mierda, otra vez aparece esa maldita imagen, y esta noche más intensa que nunca. Un muro que separa dos propiedades, que mantiene alejados a sus propietarios. Una barrera imposible de cruzar, salvo en determinadas ocasiones, cuando la furia lo enceguece, el mundo se oculta bajo una densa cortina roja, y entonces…
¡No! ¿En qué está pensando? No pasa nada. Está todo tranquilo. Y si algo raro pudiera salirse de cauce lo resolverá enseguida. No hay nada que temer. Mira distraído su reloj. Ya no falta mucho. Enciende otro cigarrillo. Tiene que estar calmo. Lo hecho, hecho está. Nada de locuras.
Pero los recuerdos regresan, muy a su pesar. Norma cebaba mate, aunque estuviese lavado, y le comentaba… Acerca de una vecina… ¿O era sobre el marido? Se habían mudado hacía poco, ¿no? Muy lentamente, como en sueños, las palabras y las imágenes regresan. Una pareja de mediana edad, sin hijos, que alquilaban una casita en las afueras. Y Norma había hablado con la mujer, varias veces. Le había contado que venían de Buenos Aires, de haber tenido una mejor posición, de sostener un pasado intelectual, y que luego de la crisis se habían conformado con lo poco que pudieron encontrar. Pero lo que más le llamó la atención a Norma fue cuando le confesó, ya entradas en confianza, acerca de la huída…
Le tiembla la mano que sostiene el cigarrillo, y no precisamente a causa del chiflete helado que se filtra desde afuera. Él había juramentado no hablar al respecto, ni siquiera pensarlo; que nadie supiese lo que hacía durante sus horas extras en el trabajo, algunos años atrás. Y sin embargo, el pasado vuelve, infatigable, una y otra vez.
Huyeron escapando de sus perseguidores, le informó Norma, de hombres dadores de odio que los buscaban desde hacía tiempo con la única sed que conocían: sed de sangre y de venganza. Una búsqueda mortal, que los obligaba a usar identidades diferentes cada vez que se instalaban en un pueblo, intentando en vano despistarlos. Pero, tarde o temprano, los sabuesos siempre llegaban. Y la cacería se reiniciaba sin cesar…
¿Qué había pasado con Norma? ¿Por qué le había hablado de cosas que no entendía, cuando ella siempre guardaba silencio, no preguntaba nada, nunca se salía de su rol? ¿Por qué, después de tantos años, había insistido con algo que a él lo había irritado casi de inmediato, sobre todo al conocer los nombres de los nuevos vecinos, esos que se habían desvanecido de la noche a la mañana un par de semanas atrás? ¿Por qué lo había hecho enojar de esa manera?
No sabe cómo comenzó. Sólo recuerda que tenía el mate en la mano, y un instante después la calabacita volaba por encima de la mesa hacia las hornallas. Que Norma le dijo algo, entre indignada y asustada. Y que él, sin poder evitarlo, se había puesto de pie. ¿Él? ¿O había sido otro? Muy de vez en cuando sentía que no era él quien actuaba, sino otro, un personaje ajeno y siniestro que aparecía muy a su pesar, sobre todo durante las tareas realizadas en esas malditas horas extras. Y que aunque este otro personaje fuera tan distinto a él en su accionar, a la vez se le parecía demasiado…
Aunque la furia lo encandilaba, irritándolo ante su aparición, pudo notar que Norma abría los ojos con sumo pavor, incapaz de creer que aquél excedido que tenía delante y la insultaba sin piedad fuera Marcelino, su marido. El mismo Coronel Marcelino Freire, militar retirado, para más datos, con quien convivía desde hacía tantos años. Un hombre de carrera, recto, virtuoso, y por sobre todo, en extremo honorable. Alguien que jamás renunciaría a dejar de pensar como pensaba. Que sostendría sus convicciones hasta la muerte. Pasara lo que pasase.
¿Por qué Norma no se quedó callada, como siempre? ¿Por qué le removió tantos recuerdos, retrotrayéndolo varias semanas atrás, cuando sus antiguos colegas le pidieron que colaborase localmente en una acción tardía, para “despuntar el vicio”? Justamente él, que había sido comandante de Grupos de Tareas, y sabía hacerse cargo de las “horas extras” de manera tan eficaz…
El Coronel y el otro, Marcelino y el otro… ¿Quién era ese otro? ¿Tendría identidad…, un alias acaso? ¿O sería siempre el mismo, desquiciado y desbocado? El otro, ese salvaje… cuyo puño cayó sobre Norma, cerrándole esos ojos desmesurados, rompiéndole la nariz, abriéndole un surco de sangre en la boca… El otro… Marcelino sería incapaz de cometer semejante atrocidad…, ¿o no?
El puño cayó una y otra vez, y otra, y una vez más sobre la mujer, causando chillidos y hematomas, súplicas y heridas, intentando borrar a los golpes los comentarios desafortunados, esa irrupción de chusmerío y curiosidad. Y a la vez negando la misma aparición del otro, negando los hechos ocurridos, negando la desaparición de los intelectuales porteños recién llegados al pueblo, los eternos perseguidos por los sabuesos. No; él no era un sabueso. Y su mujer no tenía por qué recordárselo mientras tomaban mate, muy tranquilos en su casa.
Para cuando la furia consiguió extinguirse y le permitió ver, jadeaba inclinado sobre el cuerpo exánime de Norma, los brazos agarrotados y en posición de ataque, dispuestos a golpear por enésima vez. Pero su mujer ya no se movería más, amoratada contra las baldosas de la cocina. ¡Norma! ¿Qué carajo pasó? ¡Norma, por Dios, contestame!!!
A pesar del dolor, del pueril y tardío arrepentimiento, del cruel impacto de la acción consumada, un hombre de honor y de carrera como él sabría muy bien qué hacer, aunque no fuese una metodología muy pulcra que digamos, aunque sus afectos se interpusiesen, y aunque tuviese que cubrir las huellas de un desconocido criminal.
Suspira muy hondo al distinguir el potente farol del expreso de medianoche, acercándose por el horizonte. Abre la puerta de la cabina, sale de la estanciera al frío nocturno, y camina hacia el portón rebatible de la caja. Extrae lentamente el cuerpo envuelto en una manta oscura y lo carga en brazos, con notable esfuerzo, hasta depositarlo sobre la vía, cerca de la Cruz de San Andrés. El silbato del tren anuncia su llegada. Sus filosas ruedas de metal extinguirán su peor equivocación. Y la impredecible irrupción de furia quedará sepultada… ¿para siempre?
El Coronel Marcelino Freire, se aparta unos metros de los rieles, sin desviar la mirada de aquel cuerpo inmóvil, con ambas manos en los bolsillos del camperón gris, aguardando que la fuerza del destino cumpla con lo que le corresponde, echando un piadoso bálsamo sobre su alma torturada…

*de Aldima.