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La mujer del vestido rojo


 

Aquella mujer del vestido rojo
que iba casi danzando en la calle.
 Su andar era de miradas furtivas.
Oh! allí en los hombres y sus abiertos ojos,
porque llevaba la libre canción de un corazón
por fin lanzado a su destino de perfumes y una pasión.
El día o la tarde la encontraba enamorada de la vida
 el encuentro le anudaba esa lenta entrañable emoción.
El jazz-música de sus padres le volvía a la loca, verdadera intromisión.
Cuánto ha tenido esa mujer de  espiga  vientres henchidos   espuma poncho al
viento
Cuánto ha soñado esa mujer con las voces de las gentes cantando
Cuánto ha vertido en las aulas de persuasivas lecturas retos soñando
los sueños de los lejanos maestros de luchas feroces en el camino de la
Patria.
¡Iba caminando por las veredas donde siempre los lapachos crecen
como las ya sosegadas interminables ilusiones de perdidas noches¡
Recuerdo que la mujer era una sola cadera de paso y de alegría.
Vivo el día vivo el raconto vivo ese rojo que asomaba por un corte
de la tela todo el hondo suspirar de sus piernas.
Ellas largas interminables, bellas miradas con  su cancino paso.
Aquí nomás en el verano de santa fe su rica historia tan buena.
Como ese luminoso día de manantiales escogido en el que todo sol
se venía al cuerpo mente brazos y nada más importaba.
Sólo la vida del verde las calles las faldas sosteniéndola a ella.
 
 
*De Mónica Laurencena.