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Me quité la piel

A Edith Cervantes.                                      

*de Jesús Brilanti T.

Permaneces imaginándome sentado mirando hacia la otra orilla del crepúsculo, justo ahí donde te encontré tejiendo un manto traslúcido por donde yo te pudiese admirar.

Me quité la piel para obsequiártela después de que te encontré ahí sentada y llorando un domingo por la mañana, pues creí que tenías frío; te apreté muy fuerte contra mi pecho para que mi alma te dijera que la dejes reposar junto a la tuya y así pudieses dormir tranquila mientras mi esencia te cuidaba y te acariciaba vigilando sigilosamente tus sueños.

Me deshice del sueño para montar guardia y recolectar cada suspiro que caía de tu garganta, me asesinaba la angustia, me retorcía cada lágrima, pero me mirabas de pie, pues debía ser yo quien te pudiese brindar mi mano, la tomaste de manera fuerte, sentiste succionaba yo tu intranquilidad.

Me revestí de luto cuando tu llanto no cesaba, me desvanecí cuando tu rostro se matizó de gris.

¿Qué son por las noches tus sueños? Son, tal vez, la cellisca de la que se alimenta el manantial donde resido.

Me quité la piel para que me veas por dentro, admires que me has encontrado ahondando en la profundidad de tu mirada. Para que admires como duele despertarme cada día,  no encontrarte y conformarme con aquella fotografía.

Me quité le piel para expeler mi alma y podértela obsequiar, me quité la piel para decirte que cuando te marchas se me acaba el analgésico que reviste a mi alma cuando te tengo tan cerca, y se abre una brecha a mitad de mi pecho que sangra, que arde y que se erige en medio de una aniquilante vaciedad. Cuando te alejas, cuando te veo partir, mi alma se queda destrozada ahí en aquella esquina mientras tú en un taxi te has de marchar, cuento los pasos de regreso a casa porque sé que la soledad me ha de alcanzar suspirando y pensando que hace tan sólo unos instantes te pude abrazar  no con los brazos sino  con mi mirar y otro tanto con la profundidad de mi espíritu.
Cuando te vas, me quedo en silencio con el ruido que dejó tu eco sobre los muros de mi habitación, y te escucho aquí adentro, cada sonrisa o cada lágrima, según sea la ocasión; se me dilatan las pupilas intentando buscarte la sombra cuando te marchas y me dejas en la oscuridad de mi lamentación.

En el instante que te alejas, la metamorfosis atañe mi mirada, que disfrutó de tus caricias, que profanó mi caparazón de amarguras, me desbarata la cordura con tus labios, esos que con cientos de palabras me han hecho deambular sin sendero, sin zapatos, sin piernas tan sólo por tu devoción.

Mientras partes, me derrumbas y de rodillas busco entre mis sábanas tu aroma y me tatúo con él el aura para no quedarme tan solo en medio de esta soledad. Reinvento tu figura con mis manos y sin ellas asemejo que te puedo yo tocar, para poder volcar esta tormenta que llevo adentro e intento con ella misma suplicar: no te vallas, no te marches, permíteme culminar de respirar. Me crucifico a cada instante que por esa puerta tú te tienes que marchar. La agonía de este cuerpo errante, la ruptura de mi dicha, mi castigo fustigante, y en esta brecha me pudiesen sepultar.

Cuando te retiras después de varias horas de haberme dado vida, me la robas, te la llevas; ignoro hasta donde la transportarás; sé muy bien que la cuidas entre tus manos, entre tu pecho, yo así te la quise obsequiar, pero nunca olvides en regresármela algún día cuando vengas y traigas contigo esa tu luz, tus alas, tus recuerdos, tus miedos, tus alegrías, tus canciones, tu piel, tus besos y tu eterno respirar. Oxigéname lo suficiente, para que cuando te marches pueda sobrevivir al enorme vacío que dejas; y si te alejas vuelve tan pronto como puedas, no pretendas que por mi mismo pueda palpitar.