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El crack*

A  Carlos Marcelo Spessot
*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar            

 

Detuve la bicicleta frente al taller mecánico de Fedeo D´Onofrio, quien luchaba inclinado sobre el motor de su auto con el capot levantado.

Frente a él, parado, con su bicicleta entre las piernas estaba Carlitos Spessot, con su cara de pibe bueno de siempre, con su pelo rubio, su bigotito escueto y su cuerpo longilíneo.

Los saludé a ambos y cambiamos algunas chanzas amables.

Cuando reanudé mi camino, me puse a pensar como siempre, en nostalgias.

Recordé los años en que conocía a Carlitos, que aunque me separan apenas tres de edad, nunca pude dejar de verlo como a un chico. Tal vez por su aspecto, tal vez por su bajo perfil no estudiado. Pensé cuántas tardes lo había visto, de chico, “matarse” para evitar que la pelota entrara en los tres palos.

Lo cierto es que empezó muy chico en las inferiores del Huracán F.B.C. y debutó en primera división con sólo 15 años. Yo ya no estaba en el pueblo, pero me fui enterando de su meteórica carrera: primera división de Ñuls en el 68, en el 73 pasó a Nacional de Asunción del Paraguay, luego a Cerro Porteño donde resulta campeón y compite en la Copa Libertadores, en el 77 vuele al país y juega un año en Gimnasia y Esgrima de la Plata, para culminar su carrera en España, en Unión Deportiva de Salamanca.

Si bien doce años, como sabemos, están compuestos de días y noches, de semanas y meses, y si bien nos pueden parecer todos esos años abstractos como un número, lo cierto es que no esconden toda la realidad, que siempre es más rica que el relato.

Y el relato de Carlitos Spessot no puede cifrarse en estas confiadas palabras, también –estoy seguro- se debe anotar su esfuerzo, su dedicación y una gran cuota de sacrificio, de desafíos de pasión y también bueno es decirlo: de gloria intransferible. Porque lo que ha vivido en tantas jornadas en tantas canchas de todos los países por donde trasegó su pasión futbolera, no lo podrá trasmitir.

Pero puedo imaginar el pueblo por entonces: grandes zanjones donde croaban las ranas y las calles con sus huellones de carros en la tierra que recibía las heladas implacables, la segregación salina que aposentaba el agua del camión regador comunal, de chicos que corrían detrás de las luces de las luciérnagas de enero.

Carlitos tampoco estaba más allí, como dije. De sus glorias, de sus éxitos nos hablaban los diarios –que se leían en las ruedas del  club o en el recoleto refugio de los hogares- o la radio y la televisión incipiente. Y los comentarios corrían más veloces que el mismo viento, tocaban a todos como una abeja hirviendo: en la escuela, en los comercios, en las chacras de la zona, en fin, en todas las calles.

Yo tampoco estaba más allí. Yo seguía una imagen de sombra que no se me ofrecía como tal, sino como una luz incandescente, como son las apariencias con que los sueños se presentan. Puro reflejo, puro desvío para quienes saben leerlos.

Mientras tanto los chicos de mi pueblo elegían jugar en su puesto, se paraban en el arco como él, intentaban copiar sus intuiciones para tirarse en los penales, querían usar guantes parecidos, ser, en suma, como él.

Mientras tanto la vida proseguía.

El Club durante años se presentó con equipos en los campeonatos de la Liga y otros no. Pero los más chicos siguieron jugando y de pronto nos apareció otro crack internacional: Fernando Bellushi, campeón en la Selección Juvenil Nacional en el último torneo jugado en Montevideo. A veces pienso que la inspiración del fútbol es como la poesía o como el espíritu: sopla donde quiere. Fernando Belluschi, hijo de Carlitos –otra gloria del Club- y nieto del mismísimo Cholo, mito viviente si los hay en mi pueblo.

Al rato nomás, mientras mateaba bajo los fresnos, se detuvo una chata y de ella bajó Carlitos Spessot con un bolso y dentro del bolso algunas gruesas carpetas remedando cada una un álbum de fotos. Recortes periodístico, fotos, entrevistas, historias deportivas, etc. Ante mi pregunta sobre la fecha de devolución de ese tesoro para él, se encogió de hombros y dijo, lacónico:

-No tengo apuro, total ya lo viví…

Y salió con cuatro zancadas del patio, pasó la puertita de alambres y subió a la chata poniendo primera y partió raudo. Los pájaros que picoteaban algunos granos dispersos en la calle volaron ganando asustados el cielo muy pronto.

Me pasé el resto de la mañana observando con curiosidad esas fotos, leyendo los artículos y las crónicas donde se ponderaban ampliamente sus actuaciones en tal o cual partido, las expectativas que creaba ante cada encuentro. Algunas fotos lo mostraban con sus compañeros de equipo, había otras donde estaba solitario detrás de la mallas de la red del arco con una pelota entre las manos. Pensé qué solo debe estar un arquero en medio de esos tres palos cuando debe detener un penal. En otras estaba eternizado en el aire, volando como una paloma, atajando una pelota seguramente envenenada.

Como mi posición era de curioso, de observador, de mirón, en suma se me ocurre  imaginar cómo habrá sido el parecido, qué alternativas habrá privilegiado y si las circunstancias lo habían permitido o habrá tenido que crear, como casi todo el mundo, sobre la marcha. Todo esto corre por mi cuenta, todo este comentario no es más que una zoncera, una libertad que me tomo, de mero cronista de una realidad pretérita.

Y me pregunto ¿qué pensaría Carlitos en esas situaciones donde el riesgo era verdadero?¿O qué piensa ahora mirando estas viejas fotos? ¿Recordará retazos de esas tardes, fulguraciones de gloria o el veneno de víbora de la derrota donde tal vez una lágrima pugnó por aparecer?

Relacioné esas fotos con el hombre que todavía parece un muchacho y no puedo entender cómo, el mismo que cruzó el patio en pocos pasos, mi propio patio, pudo ser protagonista en decenas de estadios y luego tomarse a si mismo con tanta humildad.

Pensé cuántos misterios guarda la condición humana.

Si el mismo que rozó la gloria, prefirió volver a caminar las calles que lo vieron crecer, pisar los baldíos donde empezó a atajar obteniendo sus primeras alegrías, hoy no deja su humildad, será porque todos lo quieren como un hijo dilecto del pueblo.

Y mientras voy imaginándome todo esto, una torcaza baja, lenta, pesada, cenicienta sobre las lajas del patio.

Y ya no pienso más en nada, porque me ganó la boca inmensamente celeste del verano, y siento que en las ramas de los fresnos estallan, infinitas e invisibles, las cigarras.