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Chistes de Correntinos

En Corrientes, en un costado de la ruta había un puesto de venta de sandías. Baja de su coche un corpulento muchacho y encara al pibe del mostrador.
- Quiero la mitad de una sandía.
- No, eso nosotros no vendemos.
- ¿Cómo que no venden?
- Nosotros vendemos una, dos, tres, quince, pero no por mitades.
- Pero yo quiero comer solo media.
- Mire, con su media usted haga lo que quiera, pero nosotros no vendemos mitades.
Finalmente, y ante la insistencia del grandote, el correntinito va a consultarle a su patrón, ignorando que el tipo lo va siguiendo.
- Patrón, allá en la ruta hay un pavo que quiere comprar media sandía, ¿qué hacemos, se la corto? Es un idiota ese hombre.
En eso, y de tanto gesticular, toca al grandote; se da vuelta y lo ve inmenso. Y el muy pícaro acomoda los tantos:
- Y lo que son las cosas, este buen señor quiere la otra mitad.
 
***
 
Dicen que los correntinos se caracterizan por su bravura. Tal era el caso del Martincho, que siempre le hizo frente a todo y nunca se amilanó. Pero el mesopotámico tenía un punto débil: le tenía terror al dentista. Con ese miedo dejó pasar una molestia dental, pero al tiempo el dolor era tan grande, que no tuvo mas remedio que visitar al facultativo. Sentado en el sillón del médico, el Martincho temblaba como una hoja. El dentista, al verlo con susto y sabiendo que le tenía que extraer la muela, le dijo:
- Ya sé, Martincho, como buen correntino necesita tomar un traguito para tomar coraje, no?
- Sí, doctor.
El dentista le dio para que tomara un poquito de whisky, en tanto él se aprestaba para la operación. El correntino agarró la botella y se tomó como tres vasos.
- Bueno, Martincho, supongo que ahora tomó coraje.
El Martincho pegó un salto, quedó parado al lado del dentista y sacó su cuchillo.
- ¡Por supuesto, y vamos a ver ahora cuál es el macho que me va a tocar la muela!
 
***
 
El correntino Romulo era un hombre con inquietudes poéticas y a la vez muy directo en su decir. También era un enamorado del baile y solía ir a la pachanga. Un día, en uno de ellos observó en una mesa a dos mujeres muy hermosas: una de treinta y pico y la otra con alrededor de veinte. Eran muy parecidas, sólo que la más joven tenía la boca un poco grande. El mesopotámico no dudó y encaró a la mas grande.
- Perdón, señorita ¿sería tan amable de concederme esta pieza para sentir el calor de sus manos, el aroma de su perfume, a la par de castigarme con la tormenta de su negra cabellera en el medio de mi pecho y poder gozar de la infinidad de sus ojos verde mar?
- No gracias, yo no bailo.
El correntino se da vuelta y vuelve a la carga:
- ¿Y la jetona?

 

 

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