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A 60 años de la Revolución Libertadora
 

 
La Revolución Libertadora es el nombre con el que se autodenominó la dictadura cívico - militar que gobernó la República Argentina tras derrocar al presidente constitucional Juan Domingo Perón,[1] clausurar el Congreso Nacional y deponer a los miembros de la Corte Suprema,[2] mediante un golpe de Estado iniciado el 16 de septiembre de 1955 y que, tras más de dos años de gobierno, hizo entrega del mismo al presidente electo Arturo Frondizi, el 1 de mayo de 1958, quién también sería derrocado cuatro años después en 1962.
El primer gobernante de facto de la Revolución Libertadora fue la junta militar instaurada por el Presidente Perón para hacerse cargo del gobierno. Pasados tres días, la junta intimó a Perón a irse del país y cedió el Poder Ejecutivo al general de división Eduardo Lonardi, líder de la sublevación. Asumió el 23 de septiembre de 1955 y fue sustituido el 13 de noviembre de ese mismo año por el teniente general Pedro Eugenio Aramburu, mediante un golpe palaciego. Ambos gobernaron como autoridades supremas del país, atribuyéndose el título de Presidente de la Nación.
Pedro Eugenio Aramburu derogó por bando militar la Constitución Nacional vigente sancionada en 1949 y repuso el texto constitucional de 1853, con las reformas de 1860, 1866 y 1898. Poco después, la Revolución Libertadora organizó bajo su control y mediante elecciones condicionadas, una Convención Constituyente que aceptó la decisión anterior y realizó dos agregados a la Constitución, entre los que se destaca el artículo 14 bis.

Índice


Antecedentes y preparativos

Primeras conspiraciones

Durante el gobierno del general Perón, el principal partido de oposición fue la Unión Cívica Radical. El Presidente, ya desde antes de ser electo en las elecciones de 1946, enfrentaba una dura oposición antiperonista, que incluyó actos terroristas y connatos militares. Se le reclamaba que los empleados públicos debían afiliarse compulsivamente al Partido Peronista y que el gobierno negaba a los partidos de oposición el libre uso de la comunicación por radio y televisión.[3] [4] [5] [6] [7] [8] [9]
A mediados de 1951 la renuncia de Eva Perón a su postulación para vicepresidente no logró calmar los ánimos de varios militares que estaban enfrentados con el gobierno. Las limitaciones a la libertad de prensa y la prohibición para los opositores de hablar en radio fomentaron la idea de que su única alternativa era el golpismo. Antes de los comicios, en las que triunfó el peronismo con el 62.49 % de los votos,[10] recrudeció la violencia. El dirigente del Partido Comunista, Rodolfo Ghioldi, fue herido de bala y estuvo cerca de la muerte. El radical Ricardo Balbín fue objeto de un atentado con arma de fuego, y el socialista Alfredo Palacios decidió que el Partido Socialista no se presentara a elecciones.[11]
En este contexto, dos grupos conspiradores quisieron alzarse en armas contra el presidente. El primero surgió tras la reforma constitucional de 1949 y fue encabezado por los coroneles José Francisco Suárez y Bartolomé Gallo.[12] Su intento de capturar a Perón y convocar una convención constituyente que reestableciera la constitución argentina de 1853 iba a realizarse en mayo de 1951, pero una delación llevó a la detención de Suárez. Su confinamiento en la cárcel de Villa Devoto condujo a la disolución del grupo.[13]

El golpe de estado fallido del general Benjamín Menéndez

El segundo grupo conspirativo de 1951 surgió en la Escuela Superior de Guerra, en torno al profesor de historia militar, teniente coronel Pedro Eugenio Aramburu (luego ascendido a coronel). A su lado trabajaban el director del establecimiento, general Eneas Colombo, y cuatro colegas profesores: el coronel Juan Carlos Lorio y los tenientes coroneles Bernardino Labayru, Luis Leguizamón Martínez y Emilio Bonnecarrere. De forma imprevista, Pedro Eugenio Aramburu fue trasladado a Río de Janeiro en calidad de agregado militar, en donde conoció al agregado naval Isaac Rojas.[13] Desprovistos así de su jefe, Labayru y Lorio viajaron a Córdoba y se entrevistaron con Eduardo Lonardi, quien aceptó el compromiso de liderarlos. La fecha tentativa del alzamiento, 15 de julio, fue pospuesta por carecer de suficientes elementos revolucionarios.[14] Por ello el complot comenzó a dividirse. El general Benjamín Menéndez no había estado de acuerdo con la elección de Lonardi y todavía guardaba expectativas de ser él quien liderase el alzamiento.[15] En la madrugada del 28 de septiembre Menéndez, sin dar aviso al resto de los complotados y con muy escasos recursos a su mando, se sublevó contra el gobierno de Juan Domingo Perón.
El intento tuvo su epicentro en Campo de Mayo, pero terminó en un estrepitoso fracaso al no conseguir apoyos sustanciales dentro del Ejército: a las nueve de la mañana la sublevación ya había sido derrotada. El mismo 28 de septiembre, Perón decretó un «estado de guerra interno», que no existía en el ordenamiento jurídico argentino y era análogo al «estado de sitio» declarable por el Congreso. El decreto del Presidente en su artículo segundo afirmaba: «todo militar que no se subordine o se subleve contra las autoridades o participe en movimientos tendientes a derrocarlas o desconocerlas, será fusilado inmediatamente». Así reapareció la pena de muerte sin juicio previo, tras estar prohibida durante más de un siglo.[16] Ese mismo día la CGT convocó a una movilización y huelga general. Aún así, y pese a la insistencia de Eva Perón y sectores combativos dentro del peronismo, ninguno de los sublevados fue fusilado. Las «milicias obreras de autodefensa», creadas a iniciativa de Eva, serían desarticuladas poco tiempo después.
Una orden general del 18 de abril de 1952 decía que se debía aniquilar a las fuerzas adversarias ante un supuesto atentado contra el Presidente. El procedimiento estipulado era muy estricto. «A un atentado contestar con miles de atentados».[17] [18] La Orden General incluyó una lista de entidades que debían «ser suprimidas sin más» y personas que debían ser arrestadas: todos los partidos políticos menos el peronista, sus dirigentes, empresas y negocios cuyo dueño fuese no-peronista, consultorios médicos y estudios de abogados no-peronistas, agencias periodísticas, embajadas de Estados Unidos, Uruguay y Chile, asociaciones culturales, etc.[19]
El 6 de noviembre José Francisco Suárez fue liberado, y preparó una segunda conspiración revolucionaria. Sabiendo que podía ser arrestado nuevamente en cualquier momento, Suárez pasó a la clandestinidad y junto a unos cincuenta oficiales planificó la toma de la residencia presidencial.[20] El plan de Suárez fue el primero en prever la colaboración de columnas de civiles armados, que posteriormente serían llamados «comandos civiles»: ellos se encargarían de la detención de los principales ministros de gobierno, mientras los militares profesionales ocuparían la casa de gobierno y la secretaría de comunicaciones. Pero el fracasado intento de Benjamín Menéndez, la nueva pena de fusilamiento, y el estado de «guerra interna» que nunca fue levantado, impusieron mucha tensión a los grupos revolucionarios. El 10 de enero se ordenó la «desmovilización» de los civiles hasta nuevo aviso.[21] El 3 de febrero las actividades llegaron a su fin, nuevamente de forma imprevista, tras una delación y el arresto de Suárez en la casa de su colaborador Atilio Demichieli. Los conspiradores fueron torturados con la picana eléctrica con el objetivo de sacarles información, pero no llegaron a delatar a sus compañeros. Esto posibilitó que unos cincuenta oficiales antiperonistas permanecieran en el servicio activo de las Fuerzas Armadas.[22] A mediados de 1952 más de 600 personas habían sido arrestadas de forma preventiva, interrogadas y liberadas sin orden judicial y sin que se formalizaran cargos en su contra.[22]

El plan para bombardear Plaza de Mayo

En 1953 el capitán de fragata Jorge Alfredo Bassi se embarcó en el rutinario viaje de instrucción de la Flota de Mar, durante el cual tuvo la idea de atacar la Casa Rosada de la misma manera que los japoneses habían atacado Pearl Harbor.[23] Mediante amigos comunes solicitó nuevamente al general Eduardo Lonardi su ayuda para conseguir que elementos del ejército se plegaran a la revuelta. Lonardi, cuando escuchó el plan de asesinar a Perón bombardeando la Plaza de Mayo, dijo que le desagradaba la idea y que no tenía deseos de participar.[23]
Al poco tiempo se gestó un plan para capturar al Presidente en un buque de la armada, en donde todo el gabinete presidencial se renuniría a conmemorar el día de la independencia. Bassi se reunió nuevamente con Lonardi, pero el general, tras entrevistarse con algunas otras personas, llegó a la conclusión de que el plan se sustentaba en un grupo demasiado reducido, sin los elementos suficientes para realizar la operación con éxito. Por este motivo decidió revocar su participación. Esto lo apartó definitivamente de sus contactos en la Armada.[24]

Los sucesos de 1954

Conflicto con los estudiantes

En 1954 no hubo planes por parte del Ejército o la Armada para el derrocamiento de Perón; pero hubo dos series de eventos de suma importancia que tuvieron una relación directa con la caída del presidente: su conflicto con los estudiantes universitarios y el quiebre de relaciones con la Iglesia. En el Centro de Estudiantes de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires participaban alumnos como Gregorio Recondo, Hipólito Solari Yrigoyen, Jorge Saenz Rosas, Mariano Grondona, Mario Diehl Gainza, Guillermo O'Donnell, Carlos Suárez Anzorena, Luis Felipe Noé y otros. Se formó una Federación Universitaria paralela a la oficial, con Gastón Bordelois en agronomía, Carlos Velasco Suárez en medicina, y otros.[25] Los estudiantes tenían prohibida cualquier expresión política, y se organizaron para realizar acciones sorpresivas de reparto de volantes.[26] Por este motivo, el 4 de noviembre, Mario Diehl asaltó sorpresivamente el micrófono que estaba al aire en Radio del Estado:

¡Hay doscientos estudiantes presos, FUBA lucha por su libertad!.[26]

Mario Diehl, 4 de noviembre de 1954.

Esta rara maniobra tuvo cierto impacto ya que en general estaba prohibido emitir por radio opiniones contrarias al gobierno. La prensa nacional no se hizo eco de la noticia, que en cambio llegó a ser mencionada en el periódico New York Times.[26]

Conflicto con la Iglesia Católica

Al conflicto con los estudiantes se sumó el conflicto con la Iglesia Católica. Tras la muerte de Eva Duarte, el presidente Perón tuvo un decaimiento anímico que fue notado por sus allegados.[26] Para colaborar con su esparcimiento el ministro de educación Armando Méndez San Martín fundó la Unión de Estudiantes Secundarios (UES), con objeto de facilitar a alumnas de colegios públicos el uso de las instalaciones de la Quinta Presidencial de Olivos, que poseía una piscina muy amplia.[27] [28] El presidente asistía asiduamente a los esparcimientos de las jóvenes y circulaban distintos rumores acerca de su comportamiento.[29] [30] [31] [32] Al poco tiempo esos rumores se demostraron parcialmente ciertos, cuando Nélida Haydeé Rivas, de catorce años, se mudó a la residencia presidencial y comenzó a hacer vida marital con el presidente, en ocasiones asistiendo a su lado a eventos públicos.[33] [34] [35] Para los feriados de Carnaval, Perón invitó a la juventud estudiantil a los «bailes existencialistas», de noche, disfrazados, y publicitados como «sin restricciones».[36] Estas prácticas pronto tomaron estado público, y terminaron dándole una imagen muy negativa al General, pese a que poco antes había superado con éxito una crisis económica.[37]
La prédica moralizadora de la Iglesia se extendió a todo el territorio argentino, y tuvo mucha fuerza en Córdoba donde los sacerdotes Enrique Angelelli y Quinto Cargnelutti, junto a la Acción Católica y otras organizaciones, establecieron el Movimiento de Juventudes Católicas para evitar que los estudiantes se adhirieran a la UES.[38] El 11 de septiembre (día del maestro en la Argentina) la UES organizó un desfile en Córdoba que logró una concurrencia muy escasa; el 21 de septiembre (día de la primavera) las Juventudes Católicas organizaron un desfile de carrozas con una concurrencia estimada en doscientas mil personas, incluyendo adultos. Entonces el ministro Méndez San Martín acusó al clero cordobés de interferir en política. El 9 de noviembre el secretario adjunto de la CGT, Hugo di Pietro pronunció un discurso ante dirigentes gremiales instándolos a no tolerar la actitud de los sacerdotes.[39] Al día siguiente, el presidente Perón acusó de anti-argentinos a los obispos Fermín Emilio Lafitte, Froilán Ferreyra Reynafé y Nicolás Fasolino.[40] Añadió:

Un dirigente peronista debe ser más peronista que ninguna otra cosa. El dirigente peronista que acepta la responsabilidad del puesto de dirigente debe descargar su conciencia de cualquier otro sentimiento que pueda ser superior al peronismo; y si no, no debe aceptar el cargo. Y si equivocadamente lo ha aceptado y él siente que es más otra cosa que peronista, por honor y dignidad debe renunciar inmediatamente.

Juan Domingo Perón, 10 de noviembre de 1954.[41]

El 2 de diciembre se disolvió, por decreto[42] la Dirección Nacional de Enseñanza Religiosa y se dejó cesantes a los maestros que enseñaban esa materia.[43] El 8 de diciembre es el día de la Inmaculada Concepción, una festividad católica que había sido popularizada en el territorio argentino varios siglos antes por el Reino de Indias de la Corona de Castilla. Para la ocasión, la Iglesia convocó a una misa en la Catedral, con una concurrencia de ochenta mil personas, que llenó la Plaza de Mayo. Dos días después se clausuró un pequeño periódico católico llamado El Pueblo, que fue el único medio de prensa que reportara acerca del acto. Su director fue detenido,[44] y tras este episodio, el día 21 de diciembre el congreso dictó la ley 14.400 que prohibía cualquier reunión o acto público que fuera «contrario a los intereses del pueblo».[45] Esa misma sesión de la cámara de diputados se extendió hasta pasada la medianoche: ya en la madrugada del día 22 se introdujo sorpresivamente, y se aprobó sin debate, la ley de divorcio vincular.[46] [45]

El divorcio y la autorización para contraer nuevas nupcias fueron incluidos a las tres de la mañana en un artículo agregado al proyecto de ley de Bien de familia que debatía el congreso, y aprobados en ambas cámaras en 24 horas y sin debate.

Se retiró la personería jurídica a todas las asociaciones profesionales «constituidas sobre la base de una religión». Además, la municipalidad de Buenos Aires prohibió a los comerciantes exponer pesebres u otras figuras religiosas en conmemoración de la navidad.[48] Las medidas contra la Iglesia se completaron el día 30, con un decreto presidencial que legalizó la prostitución.[49] [50] La sensación de persecución vigorizó a distintas agrupaciones de laicos que comenzaron a desbordar la tibieza pasiva de la jerarquía eclesiástica.[51] El grado de actividad fue creciendo al punto de que, a mediados de mayo de 1955, grandes grupos de la Acción Católica comenzaron a reunirse de forma clandestina para organizar células subversivas.[52]

El complot de la Armada

Estas medidas hicieron resurgir al grupo de oficiales navales que anteriormente había conspirado contra el gobierno:[50] Los capitanes de fragata Noriega y Bassi eran el centro de la sedición en Punta Indio. El plan de este último, de bombardear la Casa de Gobierno, aún carecía de apoyo del Ejército.[53] Este era el principal impedimento que tenían pasa pasar a la acción inmediata.

En noviembre de 1954 Bassi y Francisco Manrique se reunieron en la quinta del rico industrial Raúl Lamuraglia,[54] en Bella Vista, junto al capitán de navío Bruzzone, el ex capitán del ejército Walter Viader, el comandante de la Fuerza Aérea Agustín de la Vega, y el doctor Miguel Ángel Zavala Ortiz de la Unión Cívica Radical. Si bien exploraron la posibilidad de convocar a los generales Gibert, Aramburu y Anaya, las reuniones no tuvieron ningún resultado concreto.[55] Lamuraglia tendió lazos con los tres partidos de oposición más importantes y se designó un triunvirato civil para asumir el poder en caso de triunfar los planes revolucionarios: Zavala Ortiz por los radicales, Ghioldi por los socialistas, y el mendocino Vicchi por los conservadores.[54]
En diciembre de 1954 el movimiento incorporó definitivamente al grupo subversivo de civiles guiado por Walter Viader,[54] pero tuvo dificultades para darse un líder hasta que ingresaron dos oficiales del cuerpo de Infantería de Marina: capitán de fragata Carlos Nielsen Enemark y capitán de corbeta Fernando Suárez Rodríguez. Ellos sugirieron al contraalmirante Samuel Toranzo Calderón,[56] jefe del Estado Mayor del Comando de Infantería de Marina, que se plegó entusiasmandamente como líder del grupo revolucionario, e inmediatamente se entrevistó con Vicchi y Zavala Ortiz para confirmar el rumbo de un posible gobierno.[57] Después de esto, Toranzo Calderón buscó el apoyo de los antiperonistas, que eran el general Aramburu y el teniente coronel Labayru, pero que se negaron a participar. A fines de febrero de 1955, un segundo grupo de civiles se unió a los marinos conspirados: pertenecían al círculo liderado por los doctores Mario Amadeo y Luis María de Pablo Pardo.[58] El estudiante de derecho Jaime Mejía los contactó con el general Justo León Bengoa, que comandaba la III división de infantería con sede en Paraná.[59] Entrevistado por Amadeo, Bengoa se mostró entusiasmado, pero no llegó a comprometerse para el alzamiento.
En cuanto a la Fuerza Aérea, el comandante Dardo Eugenio Ferreyra logró comprometer el apoyo del capitán Julio César Cáceres, primer teniente Carlos Torcuato de Alvear (nieto), y unos pocos vicecomodoros y brigadieres retirados. Sin embargo los interrogatorios del servicio de informaciones interno de la Fuerza Aérea, alertaron a los complotados de las sospechas que se levantaban contra ellos, y abandonaron todo contacto con los marinos.[60]
El domingo 23 de abril de 1955 el general Bengoa, que había viajado a Buenos Aires, se reunió con Toranzo Calderón y le prometió su apoyo. A partir de entonces varios oficiales viajaron regularmente entre Paraná y Buenos Aires para organizar los preparativos.[61] Un detallado estudio de los movimientos del presidente permitió a los marinos saber que los miércoles de 9:30 a 10:30 se reunía con todos sus ministros en la Casa Rosada: durante ese lapso se podía aniquilar al más alto nivel del gobierno con un solo ataque. La «hora 0» serían las 10 de la mañana: Toranzo Calderón llamaría al Presidente, amenazándolo para evitar un derramamiento de sangre si en un plazo de 15 minutos no se rendía. El almirante disponía de aviones de la Base Naval de Punta Indio, y cerca de 700 efectivos de la Infantería de Marina.[62] Los tenientes primeros de la Fuerza Aérea, Carlos Enrique Carús y Orlando Arrechea integraron en el complot a muchos oficiales de la VII Brigada Aérea de Morón que también participarían del ataque. Finalmente varios grupos de civiles, identificados por una cinta blanca anudada al brazo, tendrían por misión neutralizar la operatoria de la CGT, la Alianza Libertadora Nacionalista, y varias estaciones de radio. Los rebeldes consideraban que todo podía llegar a estar listo para dar el golpe cerca del 9 de julio.[63]
En la madrugada del 10 de junio, Toranzo Calderón y Pablo Pardo partieron hacia el Litoral en el auto del escribano Raúl Medina Muñoz. El 11 pudieron reunirse con Bengoa y acordaron qué causas invocarían los revolucionarios para su acción: el «estado de guerra interno» que regía desde el alzamiento de Benjamín Menéndez en 1951 y al que consideraban violatorio de las garantías constitucionales, y también el ataque a la religión católica. No pusieron una fecha, más bien, Bengoa se comprometió a estar siempre alerta y movilizar todos sus efectivos apenas se conociera la noticia del alzamiento de la armada.[64] Muchos capitanes, impacientes, incitaban a Toranzo a atacar cuanto antes. No se sabía qué reacción tendrían los elementos del ejército radicados en Buenos Aires, ni tampoco qué clase de apoyo u oposición les daría el superior directo de Toranzo, vicealmirante Benjamín Gargiulo, quien estaba al tanto de la existencia de una trama conspirativa pero no daba señas de querer interferir.[65]
El sábado 11 de junio se llevó a cabo la tradicional Procesión de Corpus Christi en Buenos Aires, que se ha celebrado en esa ciudad todos los años desde 1580. Según la ley 14.400, estaba prohibida la asistencia a actos públicos no-autorizados, y la autorización para realizar este acto había sido retirada el día 7.[66] [67] A pesar de eso, monseñor Manuel Tato instó a Manuel Ordóñez para que, junto la cúpula juvenil de la Acción Católica Argentina, convocara a la mayor cantidad posible de personas. Grupos de radicales y socialistas también asistieron por considerarlo un acto de desobediencia al gobierno.[68] Esa misma noche, la policía distribuyó fotos de una bandera argentina quemada, acusando a los manifestantes católicos de agraviar la insignia nacional. Durante varios días se sucedieron notas injuriosas contra la población católica en los medios de comunicación, discursos de políticos y declaraciones en el congreso, hasta que el marino José María Gilberti publicó una nota en que relataba cómo su propio hermano, el oficial subinspector de policía Héctor Eduardo Gilberti había quemado la bandera en una sede policial de acuerdo a una serie de instrucciones que había recibido.[69]

El día 11, alrededor de las veintidós horas, yo recibí la orden de proceder a quemar la bandera (...) de mi jefe inmediato, comisario inspector Racana. Lo que quiero aclarar es que ... tengo absoluta confianza en que tanto el comisario inspector Racana, como el Director interino de Investigaciones, que es el señor García, no hacían más que transmitir órdenes.

Héctor Eduardo Gilberti.

El 12 de junio de 1955 un grupo de la Alianza Libertadora Nacionalista organizó una movilización frente a la Catedral de Buenos Aires amenazando con incendiarla en protesta por la quema de la bandera. Rápidamente grupos de estudiantes de la Acción Católica se presentaron en el lugar y, tras encerrarse en defensa del edificio, fueron arrestados.[70]
En la madrugada del 13 de junio llegó al comando rebelde la información de que la casa del almirante Toranzo Calderón estaba siendo vigilada por los servicios de inteligencia. Esta novedad, sumada a los hechos de los días anteriores, desencadenó la decisión de hacer estallar el golpe el jueves 16 de junio, sin más dilación.[71]

Bombardeo de Plaza de Mayo

Víctimas del bombardeo.

El 16 de junio de 1955 se produjo el levantamiento, en el que la Aviación Naval bombardeó Buenos Aires causando 364 muertos (algunas versiones elevan esa cifra a 500) y un millar de heridos. Perón se refugió en uno de sus búnkeres, en los subsuelos de la sede del Ejército dejando el manejo de la situación a su Ministro de Guerra Franklin Lucero.
Se combatió por aire, mar y tierra. Aviones de la Marina se enfrentaron a los de la Fuerza Aérea y atacaron a unidades del ejército que convergían sobre el epicentro de la ciudad. Los puntos bombardeados fueron la Casa de Gobierno, los alrededores de Plaza de Mayo, el Ministerio de Guerra, el Departamento Central de Policía, la zona aledaña a la Residencia Presidencial, y en otros sectores de la ciudad. El Edificio Guardacostas, entonces sede del Ministerio de Marina y hoy de la Prefectura Naval Argentina, fue ocupado por los revolucionarios.
Algunos aviones de la Marina fueron derribados, uno de ellos sobre el Río de la Plata y otro en la localidad de Tristán Suárez, provincia de Buenos Aires, y el Regimiento de Granaderos a Caballo. Cuerpos del Ejército, con el Regimiento Motorizado Buenos Aires a la cabeza, lograron rechazar el ataque de la Infantería de Marina sobre la Casa de Gobierno y rendir al Ministerio de Marina, donde se había concentrado el alto mando rebelde, cuyo último jefe, el contralmirante Benjamín Gargiulo, al ver fracasada la asonada, se suicidó.

Estado de la Iglesia de San Francisco.

Quema de Iglesias en Buenos Aires

Por la noche, tres grupos organizados de personas que partieron de dos reparticiones del Estado y del local del Partido Peronista saquearon e incendiaron los principales templos del casco histórico de la ciudad, la Curia Metropolitana y los edificios de importantes instituciones, provocando la pérdida de invalorables tesoros artísticos, culturales y esencialmente religiosos, junto al 40% de las partidas de bautismo de todos los porteños desde 1580. El Palacio de la Curia Metropolitana fue completamente destruido. La policía, las fuerzas militares y los bomberos se abstuvieron de intervenir, limitándose estos últimos a prevenir que el fuego se esparciera a edificios no-religiosos. Algunos de los templos databan de la época colonial por lo que ciertos daños fueron irreparables. En un discurso pronunciado al día siguiente el presidente Perón atribuyó los hechos a los comunistas, pero esto no logró calmar los ánimos de muchos católicos que ese día dejaron de adherir al gobierno, como los generales Dalmiro Videla Balaguer y Julio Lagos.

Otros hechos vinculados a la política

El 17 de junio de 1955 fue secuestrado, torturado hasta morir y hecho desaparecer el médico y dirigente comunista Juan Ingallinella, cuyo partido había repudiado el intento de golpe de Estado del día anterior, a manos de algunos policías de la Provincia de Santa Fe, hecho que fue levantado por la oposición antiperonista como argumento crítico al gobierno de Juan D. Perón.[3] En 1963 se condenó a los culpables.[72] [73]
El 27 de julio de 1955 se le permitió al opositor Arturo Frondizi leer por Radio Belgrano un mensaje, el cual debió ser presentado previamente por escrito para su censura, y que se transmitió con una demora de algunos segundos para controlar que no se apartara del texto autorizado.

La conspiración definitiva

Los marinos

Capitán de navío Arturo Rial.

Al anochecer del 16 de junio de 1955, tras el fracaso del bombardeo de la Plaza de Mayo por parte de un grupo de marinos revolucionarios, el capitán de navío Arturo Rial, director de Escuelas Navales, y su subordinado el capitán de corbeta Carlos Pujol, que habían sido ajenos a ese golpe, comenzaron a tender lazos para realizar un segundo intento. Trabajaban en el edificio al 610 de la calle Florida, donde también funcionaba la Dirección de Personal Naval, lo cual les daba la posibilidad de contactarse con todas las bases y unidades.[74] Uno de sus primeros contactos, Marcos Oliva Day, les presentó a su hermano Arturo que participaba en el entorno político de Arturo Frondizi.[74]
Cerca de Rial también gravitaban los capitanes Juan Carlos Duperré y Jorge Gallastegui: los tres entraron en conversaciones con los capitanes de fragata Jorge Palma y Carlos Sánchez Sañudo de la Escuela de Guerra Naval. Todos ellos habían sido puestos en disponibilidad mientras se investigaba si habían participado -o no- de las acciones del 16 de junio. Esta situación los dotaba de tiempo libre para conspirar.[75]
En Punta Alta, próxima a Bahía Blanca, está la base naval más grande de la Armada: Puerto Belgrano. Allí el vicealmirante Ignacio Chamorro tenía a su cargo toda el Área Naval, y tras él, el contraalmirante Héctor Fidanza era jefe de la base. Ambos estaban unidos ideológicamente al gobierno. Pero el segundo comandante de la base, capitán de navío Jorge Perren, había simpatizado con los móviles de Samuel Toranzo Calderón y, sin contactarse aún con otras personas, decidió sumar voluntades entre sus marinos para llevar a cabo un nuevo alzamiento.[76]
Pronto se consolidaron nexos con los jóvenes oficiales que, a la distancia, habían pensado en sublevar la base el 16 de junio. La noticia de que el único capitán de navío de la base estaba liderando el complot calmó las discusiones internas por llevar el liderazgo. Si bien el acto revolucionario era absolutamente contrario al espíritu de subordinación que prima en las Fuerzas Armadas, dentro de la estructura del complot buscaron respetarlo lo más posible. Así como antes habían buscado a un miembro del almirantazgo, eligiendo a Toranzo Calderón, ahora también se precisaba un almirante. Los presos Manrique y Rivolta lograron comunicarse con el capitán Rial, proveyendo un listado de los almirantes que no habían dado una respuesta efusivamente negativa al ofrecimiento de comandar el golpe del 16: Garzoni, Rojas, Sadi Bonnet, y Dellepiane.[77]

Almirante Isaac Rojas.

El prestigio profesional de Isaac Rojas le había ganado un respeto unánime en la fuerza, pero su estricta obediencia a las jerarquías y su ausente definición política impedían a los complotados imaginar sus convicciones íntimas. En la Escuela Naval Militar que él dirigía faltaban los grandes retratos del presidente y de la primera dama; no se los adulaba, ni tampoco se hablaba mal de ellos.[78]
Pocos días después del 16 de junio el capitán de fragata Aldo Molinari, para sondear el talante de Rojas, le anunció sin disimulo que un nuevo movimiento revolucionario estaba en marcha, a lo cual el almirante se limitó a responder «¿Lo pensaron bien?».[79]
Después de eso, Palma y Sánchez Sañudo se reunieron con él y hablaron sobre la necesidad de derrocar a Perón. Rojas estuvo de acuerdo, pero les pidió tiempo para decidirse si se plegaba o no. Finalmente Rojas, a través del teniente de navío Roberto Wulff de la Fuente, le confirmó a Juan Carlos Bassi su aceptación. Tras ello, el mismo Arturo Rial, que había liderado hasta entonces al movimiento, se reunió con Rojas y convinieron que el Almirante se pondría a la cabeza de la armada revolucionaria en el momento en que estallara el golpe, y que se subordinaría en caso de plegarse un almirante de mayor antigüedad en la fuerza.[80]
De este modo los preparativos serían coordinados por Rial y las acciones serían llevadas a cabo bajo la dirección de Rojas. De los nuevos líderes rebeldes ninguno había participado del golpe del 16 de junio, y el mismo Rojas decidió cortar comunicaciones con los demás hasta el momento indicado, para evitar sospechas. A fines de junio, Perren, comandante segundo de la Base Naval de Puerto Belgrano, tomó conocimiento de que Rojas lideraba este nuevo movimiento y de que Rial lo organizaba en Buenos Aires. Entonces decidió sumarse y les aportó información acerca de las actividades programadas para la flota de mar a lo largo de julio, agosto y septiembre para que pudieran elegir una fecha propicia.[81]

Civiles y ejército

El 14 de julio Mario Amadeo, que estaba en la clandestinidad desde hacía casi un mes, escribió una carta al ministro Embrioni, instándo tanto a él como al ejército para que dejaran de apoyar al presidente. El texto tuvo una amplia circulación en ámbitos castrenses,[82] donde las quemas de la bandera y de las iglesias desencadenaron el rechazo de un vasto grupo nacionalista que había apoyado a Perón desde el golpe de 1943. La dispersión territorial y el desconocimiento mutuo hacía muy difícil su organización; pero un núcleo comenzó a formarse en el Departamento de Operaciones del Estado Mayor General.
El mayor Juan Francisco Guevara interpeló a su Director, coronel Eduardo Señorans,[83] hablando en nombre de otros oficiales jóvenes del mismo cuerpo, y así comenzó a formarse el grupo que incluía al teniente coronel Hure, a los mayores Conesa, Mom y Martínez Frers, y a los capitanes Miró, Toccagni y Carranza Zavalía.[84]

El general Pedro Eugenio Aramburu, amigo personal de Señorans, pronto se sumó a esa conspiración y dividió las tareas: él buscaría los contactos políticos y Señorans los contactos militares.[85] Este último conocía al capitán Jorge Palma, y por este nexo Aramburu se reunió con el almirante Rojas, a quien también ya conocía por haber sido ambos agregados militares de la embajada argentina en Río de Janeiro.[86]
A partir de mayo de 1955 en la Escuela de Artillería de Córdoba, el capitán Raúl Eduardo Molina lideró una conspiración paralela, junto a otros oficiales jóvenes: teniente primero Francisco Casares, capitanes Osvaldo Azpitarte, Alejandro Palacio, Juan José Buasso, tenientes primeros Augusto Alemanzor, Anselmo Matteoda y Alfredo Larrosa.[87] Luego se sumó el mayor Melitón Quijano Semino, cuya gradación lo hacía importante en el grupo, dada la poca jerarquía del resto de los conspiradores.[88]
Otros grupos rebeldes se formaron independientemente en el Liceo Militar y en la Escuela de Tropas Aerotransportadas. En esta última, el líder era Julio Fernández Torres, de 27 años. En el Liceo, el mayor Mario Efraín Arruabarrena se rodeó de sus colaboradores: capitanes Juan José Claisse, Juan Manuel de la Vega y el teniente primero Alfredo Viola Dellepiane.[89] Dado que carecían de un oficial de alto rango que los liderara, Molina ofreció esta responsabilidad al retirado coronel Arturo Ossorio Arana, quien había sido hasta 1951 director de la Escuela de Artillería. La característica común de todos estos grupos era que se trataba de oficiales jóvenes: pequeños grupos de amigos se organizaban, y luego contactaban a oficiales de mayor rango para que los lideren.[90]

La coyuntura política en julio

Presidente Juan Domingo Perón.

Arturo Frondizi, presidente del comité radical, irradió por primera vez después de casi diez años un discurso opositor, emitido por Radio Belgrano el 27 de julio de 1955.

El 15 de julio Perón pronunció un discurso en tono reconciliatorio, como ya había hecho las semanas anteriores: «Limitamos las libertades en cuanto fue indispensable limitarlas para la realización de nuestros objetivos. No negamos nosotros que hayamos restringido algunas libertades: lo hemos hecho siempre de la mejor manera, en la medida indispensable. (...) Yo dejo de ser el jefe de una revolución para pasar a ser el Presidente de todos los argentinos, amigos o adversarios. La revolución peronista ha finalizado; comienza ahora una nueva etapa, que es de carácter constitucional». La Unión Cívica Radical puso a prueba el mensaje con una solicitud de permiso para realizar actos públicos,[91] que le fue negada.[92] El 21 de julio la bancada radical en el congreso denunció la desaparición del doctor Juan Ingallinella, detenido el 17 de junio de ese año por la policía de Rosario. La investigación halló que el doctor Ingallinella había sido torturado hasta morir, y que su cuerpo había sido arrojado al río Paraná. Los responsables policiales fueron exonerados. Una protesta en Córdoba consiguió que el gobierno autorizara a opositores para hablar en la radio. El día 27, finalmente, el presidente de la Unión Cívica Radical, Arturo Frondizi, tuvo permiso para hablar en Radio Belgrano.[92]

La Armada[editar]

El almirante Rojas permaneció al margen, pero sus ayudantes Oscar Ataide y Jorge Isaac Anaya le recababan información.[93] A lo largo de julio, en Bahía Blanca Perren aceleró el adiestramiento de las tropas para que se familiarizaran con un nuevo modelo de fusil que reemplazaba al antiguo Mauser, para disponer de tropas bien entrenadas ante el inminente pronunciamiento.[94]
Para evitar darle poder de fuego a otro alzamiento revolucionario, el almirante Guillermo Brown ordenó que los aviones utilizados el 16 de junio fueran trasladados sin ametralladoras ni espoletas a la base Comandante Espora, anexa a Puerto Belgrano en Bahía Blanca. Allí, un grupo de oficiales ingenieros fabricó secretamente espoletas para detonar bombas de 50, 100 y 200 kilos.[95]

Lealtad dividida

En el ejército las fuerzas estaban más dispersas geográficamente y las posiciones ideológicas no eran homogéneas. Un ejemplo a destacar, por su posterior participación en los hechos, es el del II Ejército. La sede de comando estaba en la ciudad de San Luis, y su estructura se dividía en dos agrupaciones. Tenía en total unos 10 000 efectivos dispersos en toda la región de Cuyo. La primera de las dos agrupaciones estaba comandada desde Mendoza por el general Héctor Raviolo Audiso, leal al gobierno, y abarcaba las provincias cuyanas. Sus destacamentos eran: el 1.º Mendoza con el teniente coronel Cabello, de la facción rebelde; el 2.º en Campo de Los Andes con el teniente coronel Cecilio Labayru, también rebelde; el 3 en Calingasta (San Juan) con el coronel Ricardo Botto, leal; el 4 en San Rafael con el coronel Di Sisto, rebelde.[96]
En Calingasta Botto era leal; en cambio el jefe de operaciones de su destacamento era el rebelde teniente coronel Mario Fonseca, que era nativo de la provincia y tenía muy fluidas relaciones con los comandos de civiles que se preparaban allí.[96]
La segunda agrupación, que abarcaba a Río Negro y Neuquén, estaba comandada por el teniente coronel Duretta quien siendo amigo de Perren había comprometido su participación en un eventual alzamiento.[96]
La sede del comando de todo ese II Ejército estaba en la Ciudad de San Luis, donde el teniente coronel Gustavo Eppens había reunido en torno a sí a los mayores León Santamaría, Roberto Vigil, y Celestino Argumedo, junto a varios capitanes. Intuyendo la posición favorable del jefe del Estado Mayor, general Eugenio Arandía, Eppens lo abordó, y éste contestó con entusiasmo. Arandía mandó que el teniente coronel Juan José Ávila estableciera los contactos con civiles en las tres capitales cuyanas, pero no sondeó el ánimo del jefe de todos ellos, general Julio Alberto Lagos, a quien entonces se presumía peronista.[97]
En Buenos Aires nada se conocía sobre la situación del ejército en Cuyo, pero rápidamente se unieron Aramburu y Ossorio Arana para coordinar un plan de acción en esa zona.[97] Por su parte, un grupo de oficiales retirados colaboraban en el reclutamiento: Octavio Cornejo Saravia, Franciso Zerda, Emilio de Vedia y Mitre, etc. También se incorporó otro general en actividad: Juan José Uranga, aunque su destino no tenía mando de tropa ya que era jefe de la Obra Social.[98]

Los generales infieles

El 20 de julio el teniente coronel Carlos Crabba, invitado por su hermano, se entrevistó con el coronel Señorans e informó que tanto él como su jefe, general Dalmiro Videla Balaguer, querían reunirse para evaluar un intento de golpe. El general Videla era un notorio partidario del presidente Perón y comandaba la IV región militar, con asiento en Río Cuarto. Videla Balaguer y Crabba estuvieron en el Ministerio de Ejército el 16 de junio, y la quema de los templos católicos había tocado su profundo sentimiento religioso, haciendo vacilar su lealtad. Pero por un malentendido creyeron que Señorans era el líder de la revolución en Buenos Aires, y el general Videla se negó a subordinarse a un coronel.[99]

General Julio Lagos.

Julio Lagos era el único general activo formalmente afiliado al partido peronista. Su pertenencia se debía a sus tendencias nacionalistas: Perón había sido compañero suyo en el GOU y juntos habían participado en la Revolución del 43: se trataba de una persona fiel a Perón desde sus inicios.[100]
Los doctores Alberto Tedín, Bonifacio del Carril y Francisco Ramos Mejía intentaron inútilmente modificar su actitud. El 27 de julio, en casa de Del Carril, el general Julio Lagos se encontró con el general Justo León Bengoa y los doctores Francisco Ramos Mejía y Jorge Gradin: ellos trataron de convencerlo para que se uniera a un intento revolucionario. Inicialmente Lagos se negó, solo su esposa pudo hacerlo dudar, ante la impune quema de las iglesias.[101] [102] Estas reuniones no eran las únicas, ni las principales del movimiento revolucionario, sin embargo, según Del Carril, "todos los hilos se unificaban y, en realidad, se trataba de una sola conspiración, con vastas y variadas fuentes, todas convergentes."[103]

General Franklin Lucero, ministro de guerra, a la derecha.

Sin embargo al poco tiempo, por una discusión con el ministro Lucero, Lagos pasó a retiro y su lugar al mando del II Ejército fue ocupado por José María Sosa Molina.[104]
A mediados de agosto fue detenido el general Bengoa, sospechado de planear una revolución. En la provincia de Corrientes, el coronel Eduardo Arias Duval, jefe de estado mayor de una unidad en Curuzú Cuatiá, buscó la forma de unirse al bando revolucionario con la intención principal de liberar a Bengoa el día que se produjera la revolución, y ponerlo al mando de sus tropas en Entre Ríos.[105]

Corrientes

La poderosa agrupación de tropas blindadas de Curuzú Cuatiá tenía su Estado Mayor en construcción, por lo tanto, su cúpula directiva estaba trabajando desde Buenos Aires. En el lugar, la mayor autoridad era el leal teniente coronel Ernesto Sánchez Reynafé.[106]
En cambio, un jefe de destacamento de ideas liberales, el mayor Juan José Montiel Forzano, mantenía correspondencia con el coronel Carlos Toranzo Montero. Toranzo lo convenció para que arme un foco rebelde en la región nordeste y se contactara con el comandante de la IV División de Caballería, general Astolfo Giorello. Giorello dijo que era antiperonista y que había hablado con sus colaboradores inmediatos: en caso de una nueva rebelión empezarían siendo neutrales. De todos modos, Montiel Forzano reclutó para su complot a varios representantes de cada unidad: capitanes Eduardo Montés, Claudio Mas, Francisco Balestra; tenientes primeros Oscar Ismael Tesón, Jorge Cisternas, Hipólito Villamayor, Julián Chiappe; y el teniente Ricardo García del Hoyo.[107]

Buenos Aires y Córdoba

En el Colegio Militar de la Nación surgió otro grupo rebelde: el mayor Dámaso Pérez Cartaibo y el capitán Guillermo Genta reunieron a su alrededor a los capitanes Alfredo Formigioni, Jorge Rafael Videla, y Hugo Elizalde. Dámaso Pérez se contactó con el general Juan José Uranga y así entraron en la conspiración de Guevara, Señorans y Aramburu.[107]

General Eduardo Lonardi.

El general retirado Eduardo Lonardi vivía alejado de sus ex-colegas, pero las visitas de los coroneles Cornejo Saravia y Ossorio Arana lo pusieron en conocimiento del complot que lideraba Aramburu.[108] A principios de agosto de 1955, Lonardi fue a hablar con Aramburu para ofrecerle apoyo y asistencia. Aramburu contestó:[109]

Me extraña su ofrecimiento, pues no existe ningún movimiento que yo encabece, ni pienso conspirar (...) Yo no conspiro, ni conspiraré.

Pedro Eugenio Aramburu, agosto de 1955.[109]

El 10 de agosto se dictó el fallo contra el almirante Toranzo Calderón y quienes lo acompañaron. Por intervención del presidente Perón, Toranzo no fue condenado a muerte: en cambio, fue degradado y condenado a reclusión indeterminada. Los demás jefes del alzamiento recibieron distintas penas según su grado de participación.[110]

Reacciones civiles

Diversos grupos civiles de «comandos» comenzaron a surgir en torno al hermano Septimio Walsh, director del colegio Nuestra Señora del Huerto. En uno se congregaba a Adolfo Sánchez Zinny, Edgardo García Puló, Florencio Arnaudo, Carlos Burundarena, Manuel Gómez Carrillo y demás católicos nacionalistas. Otro, en cambio, estaba conformado por militantes radicales, incluyendo a Roberto Etchepareborda y Héctor Eduardo Bergalli.[111]
En la madrugada del 14 de agosto la policía federal detuvo a un grupo de estudiantes universitarios bajo la acusación de planear el asesinato de Perón y sus ministros. El llamado «grupo Coppa» estaba integrado por Ricardo Coppa Oliver, Aníbal Ruiz Moreno, Carlos de Corral, Enzo Ramírez, y otros. El 15 de detuvo al denominado «grupo Centurión»: los amigos de Vicente Centurión, quien en 1953 había sido torturado por la policía federal bajo la acusación de poner bombas en la ciudad. Con él fueron arrestados los estudiantes Jorge Masi Elizalde, Franklin Dellepiane Rawson, Manuel Rawson Paz, Mario Espina Rawson, Luis Domingo Aguirre, Julio Aguirre Naón y Carlos Gregorini.[112] Ese mismo día se arrestó a un grupo de adolescentes: Ignacio Cornejo, Ricardo Richelet, Mariano Ithurralde, Pablo Moreno, Jorge Castex y Hortencio Ibarguren. Tres días más tarde se arrestó a otro grupo adolescente: Rómulo Naón, Luis María Pueyrredón, Mario de las Carreras y Diego Muñiz Barreto. La mayor parte de los arrestados había sido hallados en poder de algún volante o panfleto con ideas antiperonistas.[113] Anunciaba el diario La Época del lunes 15 de agosto: «La oligarquía quería arrastrar al país al desorden y al crimen para tomar el poder. Cuenta con la resaca de los partidos opositores, menores de edad, estudiantes pitucos y retirados reblandecidos; clérigos complicados».[114] Y al final del artículo «se devolverá golpe por golpe».[115]
Ese mismo día, Perón se reunió con su gabinete y les anunció que, de producirse atentados, había que responder en una proporción de «cinco por uno». Fue la primera vez que utilizó esa frase.[116]
En Buenos Aires, el 29 de agosto La Época tituló: «Descubrióse en el Barrio Norte una organización de pitucos subversivos. Disponían de dinero, armas y autos en abundancia. Planeaban atentados. Operaban por células como los comunistas». Esta vez los detenidos fueron Emilio de Vedia y Mitre (h.), Mario Wernicke, Emilio Allende Posse, Carlos Ocantos, Héctor López Cabanillas y Julio E. Morón.[117]
El día 30 Perón volvió a plantear la posibilidad de renunciar. Si bien el 16 de junio ya lo había comentado a sus ministros, esta vez hizo un anuncio público en una nota al Partido Peronista. Mencionó la posibilidad de «retirarse» ante el fracaso de la política conciliatoria:[118]

Los últimos acontecimientos han colmado la medida (...) Con mi retiro presto al país el último servicio desde la función pública.

Juan Domingo Perón, 30 de agosto de 1955.[118]

Cinco por uno

En la tarde del 31 de agosto la CGT organizó una gran concentración pública frente a la casa de gobierno. Después, al caer la noche, Perón dirigió su palabra a los presentes. Este discurso tuvo una importancia fundamental en el desarrollo de los hechos posteriores, e impulsó en la Argentina de las décadas siguientes ideas nuevas acerca del uso de la violencia política:[118]

A la violencia le hemos de contestar con una violencia mayor (...) La consigna para todo peronista, esté aislado o dentro de una organización, es contestar una acción violenta con otra más violenta. Y cuando uno de los nuestros caiga, caerán cinco de los de ellos.

Juan Domingo Perón, 31 de agosto de 1955.[119]

Estas palabras causaron una gran repulsión entre los que no pertenecían a la ideología peronista.[120] Esa misma noche, en Río Cuarto el general Videla Balaguer anunció a sus colaboradores inmediatos la intención que tenía de rebelarse.[117]
Pocos minutos después el mayor Adolfo Mauvecín, que era su subordinado directo, telefoneó a un amigo suyo en Buenos Aires para que diera la alarma de que Videla planeaba dirigir un movimiento revolucionario en Córdoba, San Luis y Mendoza.[121] El 31 de agosto, Videla Balaguer tenía el apoyo de muchos oficiales en el II Ejército, y confirmó en el plan a más oficiales dispersos en otras unidades de la región que querían rebelarse contra el gobierno; pero no tenía mando efectivo sobre ninguno de ellos.[117]
El primero de septiembre hubo un momento de confusión. Ni los grupos civiles de la ciudad de Córdoba ni los militares que participaban del complot en Escuela de Artillería querían largarse sin la dirección de un oficial de alto rango, y sin el apoyo de sus contactos en Buenos Aires. No quedaba en claro si el líder de la revolución era Videla Balaguer, Ossorio Arana, Señorans, o Aramburu. Ante la duda si «salir» o «no salir», Ramón Molina reclamó la presencia de Ossorio: «con él no hay problema, salen hasta las cocinas». Porque Ossorio había sido director de la Escuela de Artillería y gozaba de una gran popularidad entre los oficiales.[121] El 2 de septiembre, Ossorio Arana viajó de madrugada y temprano en la mañana tocó a la puerta de Videla Balaguer, en Río Cuarto. Resolvieron que Ossorio viajase primero a Córdoba y telefonease tras evaluar la situación local.[122]
Horas más tarde, Mauvecín relató los hechos en una reunión con el ministro Lucero, el Subsecretario Embrioni, y el jefe del Servicio Informativo del Ejército general Sánchez Toranzo. Un oficial rebelde dentro del Servicio Informativo del Ejército hizo llegar la alarma a Videla, quien ante el inminente arresto resolvió huir de Río Cuarto con sus colaboradores, mediante la ayuda de un grupo de civiles que colaboraban en esa ciudad.[123]
El 3 de septiembre la Dirección Nacional de Seguridad emitió un comunicado en el que detallaba acciones que debían ser reprimidas por «alterar el orden y atentar contra el Estado». En su artículo número 3 mencionaba la impresión, distribución y tenencia de panfletos de cualquier tipo. El artículo número 4 prohibía las reuniones en la vía pública, y las reuniones en locales que no tuvieran objetos culturales, comerciales, deportivos o de esparcimiento: cualquier reunión o actividad partidaria de los partidos no-peronistas volvía a considerarse un acto de delincuencia.[124]
La conspiración de Señorans y Aramburu contaba con el apoyo de gran parte de la Marina, pero no tenían contactos en la Fuerza Aérea, y en el Ejército solo un reducido grupo de unidades estaban dispuestas a alzarse en Córdoba; aunque había grandes posibilidades de rebelar el II Ejército en Cuyo y otras unidades en Corrientes. Ante este panorama se realizó una reunión en casa del doctor Eduardo Héctor Bergalli, de la que participaron el general Juan José Uranga, el coronel Eduardo Señorans, el capitán de navío Arturo H. Rial, el capitán de fragata Aldo Molinari y el capitán de corbeta Carlos Pujol, y el presidente de la Unión Cívica Radical, Arturo Frondizi.[125] Señorans anunció la intención de Aramburu de posponer los intentos para el año 1956, ya que no veía avances en el corto plazo.[126] Durante el verano sería imposible actuar ya que se avecinaba, en septiembre y octubre, el licenciamiento de los soldados conscriptos y el almacenaje bajo llave de gran parte del material bélico.[124] Según Isidoro Ruiz Moreno en su libro La revolución del 55 Frondizi dijo al respecto:

Señores, yo no voy a llenar las cárceles de radicales saliendo con la Marina sola; necesito un general.

Uranga prometió que habría algún general, pero la reunión se disolvió sin resoluciones.[126] El día 4 de septiembre los rebeldes en Buenos Aires se enteraron de que Aramburu abandonaba la conspiración y se negaba a actuar por lo que restaba del año 55. Más tarde la noticia se esparciría al resto de la conjura: Ossorio Arana, Arias Duval, y Guevara permanecieron en sus tareas. Sin embargo la presencia de un general seguía siendo un requisito indispensable: por lo tanto al día siguiente el coronel Cornejo Saravia convenció al general Lonardi para que se hiciera cargo de liderar la revolución.[127] Siete días tardó en llegar a Puerto Belgrano la noticia de que Aramburu posponía las operaciones hasta el año siguiente. Perren reaccionó con estupefacción e ira, y convino con sus compañeros que si el día 20 no había novedades, la marina se alzaría en solitario.[128]
El 7 de septiembre, la CGT anunció que «los trabajadores de la Patria se ofrecen como reserva» del Ejército para defender la Constitución. Uno de los jefes de la inteligencia del ejército intimó a Lucero, presentándole un organigrama de la estructura rebelde muy acertado. El ministro Lucero, antes de mandar arrestar a oficiales respetados como Aramburu y Señorans, planeó para el día 12 un viaje a Córdoba para interiorizarse de la situación en ese lugar. Si se confirmaban las sospechas, el día 16 procedería a ordenar los arrestos. A la madrugada de ese mismo día 16 se produjo el alzamiento.[129]

Preparativos para la acción

El 10 de septiembre dos hijos de Lonardi partieron para recabar información: Luis Ernesto a Córdoba y Eduardo a Mendoza.[130]
A la medianoche Luis Ernesto Lonardi se presentó ante su padre para informarle que el día 16 finalizarían las actividades de la Escuela de Artillería de Córdoba, y que sus armas irían a ser almacenadas en lugares vigilados. Entonces el general Lonardi se decidió a actuar inmediatamente, con los efectivos que hubiera en Córdoba, ya que creía que si un foco subversivo sobrevivía más de 48 horas, eso inevitablemente iba a llevar al triunfo del movimiento revolucionario en todo el país.[131]

Si la revolución hace pie y aguante más de 48 horas en Córdoba, toda la defensa de Perón se derrumba, porque no hay una convicción ética y moral para sostenerlo.

Eduardo Lonardi, 11 de septiembre de 1955.[131]

Juan Francisco Guevara.

El domingo 11, Lonardi intentó comunicarse con el mayor Juan Francisco Guevara porque éste último estaba al tanto de todos los preparativos que ya habían elaborado Aramburu y Señorans. Lonardi no podía salir de su domicilio para no levantar más sospechas entre los servicios de información del ejército; así que mandó como representante a su hijo Luis y un amigo de éste, Ezequiel Pereyra Zorraquín.[132]
Durante la tarde, Pereyra dio con el paradero de Guevara, que había cambiado de domicilio para protegerse. Esa noche Lonardi se reunió con Guevara y con el teniente coronel Sánchez Lahoz, y expuso el plan: una sublevación simultánea en todas las guarniciones del ejército donde se gestaba la revolución, conjuntamente con las bases de Puerto Belgrano y Río Santiago, y las unidades aéreas que espontáneamente fueran a plegarse. Después las fuerzas del interior y las del litoral convergerían sobre Rosario, a falta de puentes y túneles las fuerzas del litoral cruzarían con ayuda de la Escuadra de Río de la Marina. Recién entonces un Ejército "Libertador" avanzaría sobre Buenos Aires, al mismo tiempo que la Flota de Mar avanzaría sobre la ciudad.[133] Sánchez Lahoz sublevaría la guarnición de la ciudad de Corrientes, Arias Duval se encargaría de la zona mesopotámica, el general Uranga trataría de sublevar el Gran Buenos Aires.[133]

El nexo con la marina rebelde

El 12 a primera hora de la mañana Guevara anunció a Señorans que Lonardi había asumido el mando de la revolución.[134] Ese mismo día, Lonardi se reunió con el capitán de fragata Jorge J. Palma quien, en representación de la marina revolucionaria se comprometió a alzarse el día 16 a las 0 horas.[135]
Se decidió también que algunos oficiales de la marina estuvieran presentes en las unidades que iban a rebelarse, como signo de hermandad entre las fuerzas armadas y para oficiar de nexto entre ellas: los capitanes de fragata Carlos García Favre y Aldo Molinari estarían respectivamente en Córdoba y Curuzú Cuatiá. Si la operación para liberar a Bengoa resultaba exitosa, lo acompañarían en su viaje a Paraná el mismo Jorge Palma y Sánchez Sañudo: entre los tres tomarían control de las tropas de esa ciudad.[136]
Esa noche, Lonardi también se entrevistó con el general Uranga y le impuso la misión de sublevar el Colegio Militar y el regimiento 1 de infantería Patricios. Paralelamente Guevara se reunió en Bella Vista, en la casa del capitán Jorge Rafael Videla, con los capitanes Genta, Formigoni, Padrós y con el mayor Dámaso Pérez: ellos debían rebelar el Colegio Militar pero habían cambiado de postura ante la perspectiva de hacer luchar a los cadetes contra la división montada que seguramente permanecería leal al gobierno.[137]

La situación en Córdoba

Mapa de Córdoba.

También el día 12, Franklin Lucero efectuó el programado viaje a la Provincia de Córdoba con la excusa de asistir a unas demostraciones de fuego de artillería - a la que habían sido invitados los agregados militares de las embajadas extranjeras.[138] Allí se convenció de la lealtad de las tropas, mandó un radiograma al presidente Perón afirmando que la situación estaba controlada, y mandó imprimir un folleto profusamente ilustrado bajo el título de Una unidad modelo: La Escuela de Artillería.[139]
Frente a la Escuela de Artillería se encontraban la Escuela de Aviación Militar y la Escuela de Suboficiales de Aviación. En esta última había un grupo de jóvenes oficiales, que reconocían el mando revolucionario del mayor ingeniero Oscar Tanco. Esta situación era semejante a la de otras bases de la Fuerza Aérea, donde pequeños grupos de oficiales jóvenes iban reconociéndose mutuamente, y buscando entre los de media jerarquía a alguien que quisiera liderarlos: los rangos más altos, en cambio, eran todos leales al gobierno. Los revolucionarios de la aviación en Córdoba trenzaron lazos con los del grupo 1 de Bombardeo estacionados en Villa Reynolds, provincia de San Luis, cuya oficialidad era virtualmente toda opositora y se comprometió a no arrojar sus bombas sobre los objetivos en caso de producirse la revolución.[139]
El martes 13 Lonardi se reunió con Señorans antes de partir y acordaron que este último fuera hacia el litoral tratando de llevar al general Aramburu; mientras que el mayor Guevara acompañaría a Lonardi y Ossorio en Córdoba. A las dos de la tarde, Guevara llamó a la puerta del general Lagos para informarle que el nuevo jefe de la revolución le solicitaba ponerse al mando del II Ejército a partir del día 16.[140]
La noche del 13 llegó la familia Lonardi a Córdoba: Mercedes Villada Achával de Lonardi fue a la casa de su hermano, mientras que los hijos varones se dirigieron a la residencia de Calixto de la Torre, donde los esperaba Ossorio Arana.[141]

La situación en Cuyo

La región de Cuyo.

Habiendo sido anoticiados del inminente estallido revolucionario, partieron hacia Cuyo el general Lagos, su hermano Carlos Lagos y el doctor Bonifacio del Carril. Llegaron a San Luis después del mediodía del día 14 de septiembre. Esperaban poder tomar el mando sin problemas porque Lagos hasta hacía dos meses había dejado de ser el jefe de esa guarnición, conocía a todos y era muy popular. En las afueras de la ciudad se reunieron secretamente con el comandante en jefe Eugenio Arandía y se anoticiaron de que en la Comandancia Segunda había sido designado José Epifanio Sosa Molina, hermano del ministro, que había llegado de Buenos Aires junto a un grupo de la Policía Federal con órdenes de investigar la situación de los oficiales para evitar un alzamiento similar al que Videla Balaguer había intentado fallidamente dos semanas atrás en Río Cuarto.[142] Arandía agregó que la noticia de la presencia de Lagos en San Luis desataría una intensa búsqueda y su posterior detención por parte de la policía; y que lo mejor era tratar de juntarse en Mendoza con el coronel Fernando Elizondo. Más tarde Arandía se reunió con la oficialidad más fervientemente revolucionaria: los tenientes coroneles Eppens y Ávila, y el mayor Blanco, para ponerlos al tanto.[143]
El 14, Lonardi se reunió con el general Videla Balaguer, refugiado en Córdoba en el departamento de Damián Fernández Astrada, cabeza de un nutrido comando de civiles. Videla quedó encargado de la coordinación de los grupos subversivos civiles: tanto el de Fernández Astrada como el de Jorge Landaburu.[144] Para evitar que se esparcieran rumores, Lonardi había establecido que los civiles no fueran enterados de los hechos hasta después de iniciados los operativos.[145]
A las 10 de la noche del 14 se realizó una reunión plenaria con los representantes de varios grupos rebeldes cordobeses: mayor Melitón Quijano y capitán Ramón Molina (Escuela de Artillería), teniente 1.º Julio Fernández Torres (Tropas Aerotransportadas), mayor Oscar Tranco (Suboficiales de Aeronáutica), capitanes Mario Efraín Arrabuarrena y Juan José Claisse (Liceo Militar). En primer lugar se decidió no intervenir el Liceo militar, ya que era una institución educativa para menores de edad y se los debía mantener al margen del combate: solo sus oficiales se sublevarían, ayudando a que los paracaidistas tomaran su escuela.[144]
Se sublevarían también las escuelas de Aviación Militar y de Suboficiales de Aeronáutica, donde la masa de la oficialidad pertenecía al bando revolucionario. La Escuela de Artillería sería copada por Ramón Molina, quien facilitaría la entrada de Lonardi para dirigir desde allí el levantamiento en todo el país. Luego las baterías abrirían fuego contra la leal Escuela de Infantería, abriendo el camino para la sorpresiva irrupción de los paracaidistas. Pasada la medianoche se disolvió la reunión: faltaban menos de 24 horas para el inicio de las operaciones.[146]

15 de septiembre

El 15 un oficial rebelde emitió una orden con firma falsificada, logrando que el coronel Sánchez Reynafé abandonara engañado Curuzú Cuatiá y viajara a Buenos Aires. Mientras tanto Señorans, Aramburu, Molinari y Arias Duval partían a sublevar esa localidad, y todo el Litoral.[147] En la Base Naval Río Santiago (cercana a La Plata) el almirante Isaac Rojas dio aviso del inminente estallido revolucionario a los capitanes de navío Carlos Bourel, director del Lieco Naval, y Luis M. García, comandante de la Base.[148] El plan era bloquear el Río de la Plata para impedir el abastecimiento de combustibles. En la isla Martín García el director de la Escuela de Marinería, capitán de fragata Juan Carlos González Llanos, había establecido un entrenamiento extraordinario en «infantería y tiro» desde abril de 1955, en marco del complot que culminaría el 16 de junio. El día 15 se le informó la inminencia de la revolución y la solicitud de embarcarse hacia Río Santiago ni bien se tomara conocimiento de su inicio.[149]
En Córdoba, Lonardi festejó su cumpleaños con una ceremonia religiosa y un almuerzo en casa de su cuñado; tras lo cual se despidió de su mujer y partió con Ossorio a las afueras de la ciudad, esperando la hora 0.[150]
En Bahía Blanca, por la tarde, el capitán de navío Jorge Perren preparó los últimos detalles para la rebelión: invitó a plegarse a quienes no estaban en el secreto y detuvo a los que se negaron. En la vecina Base Aérea Comandante Espora su jefe -leal al las autoridades constitucionales- se había retirado a las 17, y la guardia, a cargo de Baubeau de Secondigé, esperaba la llegada de quien se haría cargo de sus operaciones revolucionarias: el capitán Andrews. En cuanto a la hora del alzamiento, Perren decidió que era imprudente lanzarse a las operaciones con el personal sin dormir: fijó como hora 0 las 04:30, con la orden de empezar inmediatamente si se oía en las radios de Buenos Aires la noticia del alzamiento en otros puntos del país.[151]
En Buenos Aires ninguna unidad del ejército estaba lista para ser sublevada porque el Ministerio de Ejército había seleccionado cuidadosamente a los oficiales más leales al gobierno para comandarlas. Los oficiales que querían rebelarse y no tenían destino formaron un grupo, coordinado por el teniente coronel Herbert Kurt Brenner y por Rodolfo Kössler, quienes por precaución se comunicaban en alemán. Se habían citado a las 16 en la estación Constitución, para viajar en tren a La Plata y desde allí reforzar la Escuela Naval.[152]
En la Ciudad de Buenos Aires, entonces, la única acción sería la de los comandos civiles: su misión era dejar fuera de servicio a las principales antenas de radio para evitar que se difunda prematuramente la noticia de un alzamiento contra Perón. El operativo tuve éxito: desaparecidas las ondas de las principales emisoras, en Buenos Aires pudieron oirse claramente las radios de Córdoba, Uruguay y Puerto Belgrano.[153] Pero las autoridades de Buenos Aires detectaron esta insólita agitación:[154] serían precisamente estos comandos que darían la primera señal de alarma a las autoridades nacionales.[155]

16 de septiembre

A las 0:30 el ministro Lucero fue despertado por su ayudante, coronel Díaz, y se le informó sobre la denuncia hecha por un director de la empresa Mercedes Benz: un empleado de la empresa le había dicho que sabía que Heriberto Kurt Brenner se plegaría a una revolución en las horas siguientes. Lucero se trasladó al ministerio y convocó de forma urgente al Comandante en jefe del Ejército, general Molina, al jefe del Estado Mayor General, general Wirth, al subsecretario del Ministerio, general José Embrioni, y al jefe del Servicio de Informaciones, general Sánchez Toranzo. También alistó a la Guarnición Buenos Aires.[156] Luego Lucero llamó al comandante de la IV División de Ejército, radicada en Córdoba, pero su comandante, general Alberto Morello, respondió que se encontraban sin novedad. Tras ello, comenzaron a llegar una serie de avisos de la policía: grupos de civiles armados habían sido vistos en Vicente López, en Palermo, en Ciudadela, en Ramos Mejía, y en el Hospital Naval. A las 4 de la mañana la Policía Federal emitió un mensaje de carácter urgente:[157]

Alerta general. Esta noche grupos civiles armados van a alterar el orden y tratar de copar a jefes de unidades y autoridades legalmente constituidas. Actuar enérgicamente y reprimir cualquier conato de alteración del orden.[157]

El ministro creía que los acontecimientos eran de carácter predominantemente civil.[158] Cerca del amanecer el gobernador de la Provincia de Buenos Aires anunció desde La Plata (entonces llamada «Ciudad Eva Perón») actividades sospechosas en la vecina Base Río Santiago; después se informó la presencia de Lonardi y Ossorio Arana en Córdoba. Lucero hizo despertar al general Perón, quien se trasladó de inmediato a la sede del Ministerio de Guerra.[157]
A las 0 del 16 de junio Isaac Rojas estableció su Estado mayor con Jorge Palma,[159] Sánchez Sañudo, Silvio Cassinelli y Andrés Troppea. A los cadetes de la Escuela Naval se les ofreció la posibilidad de no plegarse al golpe y no embarcarse; pero todos lo hicieron.[160]
Perren y compañía recibieron las noticia del alzamiento en Río Santiago a las tres de la mañana y procedieron a arrestar a sus superiores.[161]

La sublevación de las primeras unidades

En Córdoba, los movimientos habían comenzado a las 23:20. Treinta y seis oficiales de la Fuerza Aérea interrumpieron la fiesta de cumpleaños del comodoro Machado, donde se habían reunido todos los jefes de la base; y así los arrestaron a todos juntos.[162] No esperaron a la medianoche porque en ese momento empezarían a dispersarse los invitados.[163]
Luego algunos oficiales cruzaron la ruta hacia la fábrica de aviones, donde daban por seguro que los 50 oficiales ingenieros iban a plegarse a la revolución, cosa que sucedió. Luego el capitán Maldonado tomó la Escuela de Aviación Militar, donde residía el comodoro Julio César Krausse, conocido antiperonista a quien se puso al tanto de la situación y se le ofreció el mando de la fuerza aérea rebelde. Krausse vistió su uniforme: como primera medida, mandó la liberación del comandante Joge Martínez de Zuviría y lo puso al mando de la Escuela de Suboficiales.[164]
El ministro Lucero, entre sus acciones preventivas, había mandado a la Escuela de Infantería que se preparase ante cualquier eventualidad. El coronel Brizuela entonces telefoneó a la Escuela de Artillería, pero le comunicaron que su director, coronel Turconi, se hallaba «recorriendo las instalaciones». Eran las dos de la mañana. En realidad, la Escuela de Artillería ya estaba al mando de Lonardi, y Turconi estaba detenido. Luego, el capitán Correa telefoneó a Brizuela, esta vez anunciando que «le quiere hablar el general Lonardi». Brizuela cortó la comunicación: ante la imposibilidad de comunicarse nuevamente, y ante la pérdida del factor sorpresa,[165] Lonardi ordenó a los artilleros que dispararan sobre la Escuela de Infantería.[166]
El ataque causó grandes daños en las instalaciones y sorprendió a muchos de sus integrantes. La rotura de los cables de electricidad y la consiguiente oscuridad tornaron muy difícil la organización de la infantería.[167] Al amanecer solo 1800 de los 3000 efectivos quedaban a las órdenes de Brizuela, principalmente por la deserción de los soldados conscriptos que cumplían el servicio militar. Con las primeras luces del día los infantes comenzaron a dar vuelta la situación[168] y lograron rodear a los artilleros. La maniobra dejó sin defensas el edificio de la Escuela de Infantería, que fue ocupada por las tropas aerotransportadas (rebeldes) del capitán Claisse. Pero ante la inminente caída de los Artilleros tuvo que retroceder a auxiliarlos.[169] Dado que la artillería tiene un rango mínimo de disparo, con los infantes demasiado cerca no había otra opción más que retirarse. Una segunda dificultad era girar los cañones para apuntar a los infantes que, tras la maniobra envolvente, ahora se hallaban a sus espaldas.[170]
Desde la medianoche el general Videla Balaguer se encontraba en un petit hotel en Alta Córdoba, donde una gran cantidad de civiles se había dado cita para esa madrugada. A medida que llegaban, Videla les tomaba juramento:[171]

¿Juráis por Dios y por la Patria luchar hasta el triunfo o morir, como dicen las estrofas del himno?

Juramento de los comandos cordobeses.[172]

En Curuzú Cuatiá un grupo de civiles preparaba la llegada de los líderes revolucionarios: Enrique Arballo, José Rafael y Julio César Cáceres Monié, Juan Labarthe, Mario de León, y algunos otros. Con ellos colaboraba Pedro E. Ramírez, hijo del ex-presidente. El 16 a las 0 horas el mayor Montiel Forzano comenzó a tomar las unidades apostadas en Curuzú Cuatiá. Al comenzar la mañana toda la ciudad estaba en manos de los rebeldes, y los comandos civiles habían ocupado los edificios públicos. La sorpresa y la celeridad de los operativos habían evitado bajas en ambos bandos.[173] [174]
En el Ministerio de Guerra la primera idea de que se trataba de un alzamiento civil fue quedando de lado a medida que llegaban las comunicaciones del interior. A las 4:55 informaban desde Gualeguaychú que efectivos de la policía habían reportado la presencia de Señorans y Aramburu en esa zona. A las 6:45 llegó un despacho de Córdoba anunciando que la Escuela de Artillería estaba sublevada al mando del general Lonardi. A las 7:30 se conocía que también la Guarnición Aérea de Córdoba estaba en manos de los rebeldes. Una hora más tarde llegó la información de la rebelión en Río Santiago. Con la Flota de Mar estaban cortadas las comunicaciones.[175]
Lucero comandó la respuesta: contra Río Santiago debía avanzar el general Heraclio Ferrazzano al mando de la II División y con apoyo de la fuerza Aérea. Contra Puerto Belgrano y Comandante Espora irían la III División de Caballería (general Eusebio Molinuevo), la IV de Montaña (general Ramón Boucherie) y la Agrupación Motorizada del general Cáceres. Contra Curuzú Cuatiá avanzaba el general Carlos Salinas al mando de las III y IV Divisiones de Caballería (generales Lubin Arias y Giorello), y unidades de la VII División del Ejército (general Font). Hacia Córdoba convergía la mayor cantidad de fuerzas: el general Sosa Molina al mando de su II Ejército, la IV División de Córdoba (general Morello) y las V División del Norte (Moschini).[176]

Destructor ARA Cervantes.

Desde la Escuela Naval zarparon los dos destructores de instrucción T-4 (La Rioja) y T-3 (Cervantes). A las 9:30 estas naves fueron atacadas por una cuadrilla de Gloster Meteor de la fuerza aérea dirigida por el vicecomodoro Carlos Císter.[177]
En Bahía Blanca el capitán Arturo Rial estaba a cargo del «Comando Revolucionario del Sur», que comprendía la base aeronaval Comandante Espora y Puerto Belgrano. Inquirieron por radio al jefe del cercano Regimiento 5 de Infantería,[178] teniente coronel Albrizzi: contestó que la unidad no se plegaba al alzamiento pero que permanecería en sus cuarteles. Esta pasividad fue recibida con alivio por los rebeldes.[179]
La poderosa Flota de Mar estaba fondeada en Puerto Madryn: A su mando, el leal almirante Juan B. Basso permanecía fiel a las autoridades constituidas. Al mediodía del 16, el capitán Robbio partió en un solitario vuelo desde la base Espora hacia Madryn con la intención de sublevarla.[180]
En la ciudad de Córdoba, el general Videla Balaguer y unos cuarenta civiles revolucionarios -algunos a las órdenes del diputado radical Miguel Ángel Yadarola- habían sido cercados por la policía y efectivos del ejército tras la denuncia que efectuara una operadora telefónica.[181] Sesenta miembros de la Escuela de Suboficiales de Aeronáutica se dirigieron hacia Alta Córdoba para prestarles ayuda:[182] su superior armamento permitió la evacuación de todos los presentes.[183]
Por su parte la Escuela de Artillería estaba rodeada. La situación era crítica y tanto Ossorio como Lonardi hicieron votos de luchar hasta la muerte.[184]

Creo que hemos perdido, pero no nos rendiremos. Vamos a morir aquí.

Eduardo Lonardi[185]

En ese momento comenzó a mostrar su efecto el hecho de haber atacado por sorpresa «con toda brutalidad» al inicio del conflicto:[186] la Escuela de Infantería se quedaba sin munición y su director Brizuela se vio obligado a proponer un cese de las hostilidades.[187] Lonardi expresó que su intención era pacificar el país bajo la consigna «ni vencedores ni vencidos»,[188] por lo tanto ofreció que sus tropas rindieran homenaje a los rendidos. Así, la Escuela de Infantería desfiló con sus armas ante la de Artillería y de Tropas Aerotransportadas, después de esto rindieron su armamento y se comprometieron bajo palabra a no retomar hostilidades contra la revolución.[187] [189]
El Comodoro Julio César Krausse, al mando de la Fuerza Aérea rebelde de Córdoba, tras el regreso de la comitiva que había liberado a Videla Balaguer, mandó un grupo de civiles y algunos soldados a que ocupase las antenas radiofónicas para usarlas con fines revolucionarios.[190] Liderados por el capitán Sergio Quiroga tuvieron varios enfrentamientos con la policía, pero los efectivos policiales no tenían interés en morir luchando contra los revolucionarios.[191]
A las 11 de la mañana, varias unidades leales del Ejército estaban en La Plata, cercando la base Río Santiago y atacando la cabeza de puente que los marinos rebeldes habían establecido sobre la tierra firme.[192] A esa misma hora en Curuzú Cuatiá se oían las radios oficiales anunciando el fracaso del alzamiento en todo el país. A las 12 un avión sobrevoló la localidad lanzando panfletos con esa misma información. Varios oficiales que se habían plegado al bando rebelde pidieron ser arrestados y encerrados con los leales, hasta que un grupo de más de cien suboficiales pudo zafarse de sus captores, empuñar sus armas, y copar la Escuela Blindada. Tras un largo tiroteo, se parlamentó: la Escuela Blindada permanecería pasiva, sin forzarla a obedecer el mando rebelde.[193]
El capitán de fragata Hugo Crexel, por orden directa de Perón, comandaba una cuadrilla de aviones que, junto a la cuadrilla del vicecomodoro Císter, atacaban a los barcos de la Escuela Naval. Ante la potencia del ataque aéreo las naves se alejaron de la Ciudad de Buenos Aires: así salieron del rango de autonomía de los aviones, que comenzaron a atacar la base de Río Santiago.[194] Primero cayeron sobre la Base una cantidad de panfletos anunciando la derrota de la revolución en todo el país, y luego comenzó el bombardeo.[195] Pero en la Río Santiago se había concentrado un gran poder de fuego: de este modo dos aviones fueron averiados y quedaron fuera de combate.[196]
Al mediodía del 16 de septiembre, los rebeldes controlaban ciertos puntos en Córdoba, Curuzú Cuatiá, Río Santiago y Bahía Blanca. La Fuerza Aérea parecía toda leal al gobierno. Nada se sabía acerca del ejército en Cuyo ni había noticias de la Flota de Mar. Perón había salido del Ministerio de Guerra a las 10:30.[197]

La desconfianza reinaba en la Base Aérea de Morón, sede de las escuadras aéreas leales al gobierno, desde que los pilotos de los Calquín hicieran una pasada sobre Río Santiago y sus disparos no hicieran ningún blanco - cosa harto improbable en pilotos tan adiestrados. El grupo 1 de Bombardeo, con asiento en la provincia de San Luis, también había sido convocado a la base de Morón. Allí los primeros dos pilotos en llegar, capitanes Orlando Cappellini y Ricardo Rossi, fueron advertidos por el comandante en jefe de la Fuerza, brigadier Juan Fabri, que intuía sus intenciones revolucionarias:[198]

Miren: yo sé cómo piensan ustedes dos; es como pensamos todos. Pero yo les pido que en este momento cumplan las órdenes, porque después ya va a haber tiempo para hacer lo que todos queremos.

brigadier Juan Fabri, 16 de septiembre de 1955.[198]

Se les ordenó pilotear sus Avro Lincoln hasta Córdoba y observar la situación en la Escuela de Artillería: ellos, en cambio, aterrizaron en la Escuela de Aviación Militar y se plegaron a la revolución. Esa tarde los seguirían otros tres: capitán Fernando González Bosque, primeros tenientes Dardo Lafalce y Manuel Turrado Juárez. La repercusión emocional en ambos bandos fue inmensa; a partir de estos hechos se comenzó a usar la palabra panqueque, porque «se dan vuelta en el aire».[199]
En Puerto Belgrano se interceptaron comunicaciones mantenidas por el teniente coronel Albrizzi, al mando del regimiento de infantería local, pidiendo ayuda a los regimientos de Azul y Olavarría. Albrizzi, que se había declarado neutral, fue intimado a plegarse o rendirse. A las cuatro de la tarde el capitán de corbeta salteño Guillermo Castellanos Solá, al mando de un grupo de infantes de marina, ocupó la ciudad de Bahía Blanca. Una parte de la población salió a las calles a festejar y ofrecerse al servicio de los rebeldes.[200] A las 16:30, vencidos todos los plazos de rendición, el capitán Rial dio la orden bombardear el Regimiento 5 de Bahía Blanca. Como el regimiento estaba fuera de la ciudad, no se afectó a la población civil.[201]

Tropas leales al gobierno constitucional resisten el golpe de Estado en la localidad bonaerense de Ensenada.

Una situación inversa se daba en Río Santiago donde cada 50 minutos los aviones, recargados de municiones en Morón, atacaban las posiciones rebeldes. Cabe recordar que la base Río Santiago está situada en una pequeña isla sobre el Río de La Plata, separada de la localidad de Ensenada por un pequeño brazo de agua. Sobre la tierra firme había un astillero. Por tierra el Regimiento 7 de infantería, junto a policías y milicianos hacían presión contra la base,[202] pero un grupo de infantes de marina al mando del teniente de corbeta Carlos Büsser apoyados por tres cañoneras que estaban sobre el Río Santiago lograron evitar su penetración.[201] Cerca de las 16:30 un ataque aéreo erró groseramente el blanco, bombardeando atrás de la primera línea de infantes, a más de 300 metros de la base naval. Esto causó pánico entre la población civil de Ensenada que comenzó a autoevacuarse.[202]
En Curuzú Cuatiá un sabotaje de los suboficiales leales permitió que se derramaran todos los depósitos de combustible: de este modo los rebeldes no tendrían forma de utilizar sus vehículos blindados. Mientras tanto, en la vecina ciudad de Mercedes (Corrientes) se concentraban las fuerzas del gobierno.[203]

El 16 por la tarde

Por la tarde los destructores que estaban en medio del Río de la Plata fueron aproximándose a Montevideo, y un remolcador uruguayo llevó los heridos a tierra firme.[204]
En la Escuela de Aviación de Córdoba los aparatos eran heterogéneos y destinados principalmente para la instrucción. Varios oficiales se avocaron a ponerlos a punto para el combate, re-ensamblando cañones e instalando bombas.[205] A los aviones se le pintaron insignias, primero a algunos se los identificó con «M. R.» -por Movimiento Revolucionario- pero luego se adoptó el signo de Cristo Vence.[206] Si bien las afueras de la ciudad de Córdoba estaban controladas por los rebeldes, el centro estaba defendido por el gobernador y la policía. Tras una intensa lucha, Videla Balaguer (reforzado por Claisse al mando de oficiales y suboficiales con morteros y ametralladoras) ocupó el Cabildo de la ciudad.[206] Una gran cantidad de civiles tomó armas secuestradas a la policía y se integró a los comandos. El jefe de la Juventud Radical local, Luis Medina Allende, había entrenado a muchos voluntarios en prácticas de tiro, y se plegaron en conjunto a la revolución, quedando a las órdenes de Videla Balaguer. Antes se habían sumado los hermanos García Montaño, Gustavo Mota Reyna, Gustavo Aliaga, Domingo Castellanos, Marcelo Zapiola, Jorge Manfredi, Jorge Horacio Zinny, y otros. Estos grupos tuvieron una actuación destacada, por ejemplo, la sede de la policía se rindió ante el grupo comando de Miguel Arrambide Pizarro en el que también luchaban estudiantes secundarios. Esa noche soldados de la Escuela de Infantería que habían quedado dispersos sostuvieron algunas escaramuzas con los rebeldes y partieron para Alta Gracia, donde se consolidaban las fuerzas leales. A la medianoche el capitán García Favre voló a Puerto Belgrano para intercambiar noticias.[207]

Zonas rebeldes al final del día.

En San Luis, dado que Lagos hasta hacía dos meses había sido el jefe de la guarnición, esperaba poder tomar el mando sin problemas. En reunión con el comandante en jefe Eugenio Andía, Lagos y sus acompañantes se anoticiaron de que en la Comandancia Segunda había sido designado José Epifanio Sosa Molina, quien había llegado de Buenos Aires con un grupo de la Policía Federal con las órdenes de investigar la situación de los oficiales para evitar un alzamiento similar al que Videla Balaguer había intentado fallidamente dos semanas atrás en Río Cuarto.[208] Para complicar su situación, las tropas de Mendoza y San Juan se hallaban de maniobra en el monte y los jefes apalabrados no tenían acceso al teléfono.[209] Andía también supuso que la noticia de la presencia de Lagos en San Luis desataría una intensa búsqueda y su posterior detención por parte de la policía; y que lo mejor era tratar de juntarse en Mendoza con el coronel Fernando Elizondo.[210]
Con el estallido revolucionario, se ordenó la concentración de todas las unidades del II Ejército en San Luis. La CGT mendocina proveyó camiones y combustible a las unidades presentes en la provincia, que todavía eran leales y que de otro modo habrían tardado una semana en organizarse.[211]
En Curuzú Cuatiá, cerca de las 23:00, la desmoralización de los suboficiales en las unidades rebeldes llegó a un punto máximo: rodearon el casino de oficiales y los obligaron a abandonar la ciudad. Con eso llegaba a su fin la revolución en el litoral.[212]
En Río Santiago los rebeldes se replegaron a la isla entre las 18:00 y las 19:30, al tiempo que el regimiento 6 de Infantería se acercaba a la ciudad Eva Perón (hoy La Plata).[213] Al día siguiente llegaría al lugar un regimiento de artilleros, los cuales fácilmente podría demoler la base y a sus ocupantes. El capitán Crexel se reunió con el almirante Cornes y festejaron con champán.[214] Pero protegidos por la oscuridad de la noche, los rebeldes se embarcaron sigilosamente y avanzaron, aguas adentro, al Río de la Plata.[215]

17 de septiembre

El día 17 de septiembre fue un día nublado en la Ciudad de Buenos Aires. Levantado el toque de queda la población salió a aprovisionarse de víveres y velas, pero ningún disturbio alteró el orden en las calles. Los espectáculos públicos y los partidos de fútbol habían sido suspendidos, y mucha gente estaba junto a la radio aguardando noticias. Las trajo esa tarde el vespertino La Razón: Curuzú Cuatiá y Río Santiago habían sido ocupadas por tropas leales al gobierno, y los otros focos revolucionarios estaban próximos a caer.[216] Al aclarar, el grueso del II Ejército cruzó el Río Desaguadero que separa las provincias de Mendoza y San Luis. El jefe, general Sosa Molina, se había trasladado a Anisacate, Córdoba, preparando la llegada de sus tropas. La marcha del ejército la dirigía el general Raviolo Audisio, y en San Luis lo esperaba el general rebelde Eugenio Arandía.[217] Llegados a la capital puntana, los oficiales de mayor rango se reunieron en el despacho del Comando.[218] Allí todos los oficiales eran revolucionarios salvo el mismo Raviolo y los coroneles Botto y Croce, quienes fueron arrestados en el lugar.[219] [220]
La sublevación del II Ejército fue conocida primero en Buenos Aires: Lucero mandó que las fuerzas de la Provincia de Buenos Aires que se dirigían a Córdoba se concentraran en Río Cuarto para evitar que las divisiones de montaña reforzaran la posición rebelde en la capital cordobesa. En Río Santiago, tras la salida de los rebeldes, quedó en libertad el capitán de Navío Manuel Giménez Figueroa que había sido arrestado por no plegarse al golpe. Él tomó el mando de la base, mandó izar una bandera blanca y negoció la rendición ante el regimiento 7 de infantería. Quedaban en la base, además de Giménez Figueroa, otros 19 oficiales de menor jerarquía, 176 suboficiales, y 400 hombres entre marineros y conscriptos. Unas 200 personas quedaban en la Escuela Naval.[221] Al aclarar, aviones de la base Comandante Espora volvieron a bombardear el regimiento de Bahía Blanca, que carecía de defensa antiaérea, y que pronto ofreció su rendición. Así se incautó una gran cantidad de fusiles y munición. García Favre, cumplido su cometido, volvió a despegar hacia Córdoba.[222] [223]
En esa ciudad, desde la noche, muchas personas leales al gobierno establecían una esporádica resistencia, ya sea en grupos o de forma aislada. Los rebeldes habían dispuesto que todos -militares y civiles- se identificaran con el brazalete blanco. Grupos de civiles dirigidos por cadetes aeronáuticos tenían la función de asegurar el orden en la ciudad ocupada. Fuera de ella, dos puntos estaban en manos revolucionarias: el aeropuerto de Pajas Blancas y una emisora de radio en la vecina localidad de Ferreyra. La emisora, rebautizada «La Voz de la Libertad», estaba defendida por una ametralladora en el techo, que barría a 360º, y otras dos a los lados protegidas por nidos de zorro. Fue atacada dos veces, resistiendo en ambas oportunidades.[224] En la localidad de Anisacate se encontraron el general Morello (con mando sobre las fuerzas en Alta Gracia), el general Sosa Molina (líder del II Ejército, sin saber que estaba sublevado), el coronel Trucco con su Regimiento de Artillería y el mayor Llamosas con las fuerzas de la Escuela de Infantería que habían escapado de la ciudad de Córdoba. Si bien el ministro Lucero había designado a Sosa como líder regional, después de esa reunión todo quedó a cargo de Morello.[225] A las 17:00 las radios rebeldes de San Luis, Córdoba, Puerto Belgrano, y la de Walter Viader en Buenos Aires anunciaron la sublevación del II Ejército y el establecimiento de un Gobierno Revolucionario en la provincia de San Luis.[226] [227] Radio Nacional emitió un comunicado:

Se advierte a la población que radioemisoras en poder de los focos revolucionarios (...) y radios extranjeras caracterizadas por la mala fe y sus burdos errores, propalan informaciones absolutamente erróneas. Se informa al pueblo de la República y a todas las Fuerzas Armadas que la marcha de las operaciones de las Fuerzas leales es absolutamente favorable.

Radio del Estado, sábado 17 de septiembre de 1955.[228]

Bombardero Avro Lincoln.

El general Arandía mandó ocupar Villa Mercedes y la vecina localidad de Villa Reynolds, con su base aérea.[226] Luego, el grueso del ejército retornó a Mendoza para ocupar esa provincia y poder abastecer a las unidades de más combustible y municiones.[229] Antes de entrar a la ciudad hicieron llamar al general Lagos para ponerlo al frente de las tropas. En cuanto a la Fuerza Aérea, inicialmente los rebeldes en Córdoba no tenían aparatos de consideración pero el día 17 se acondicionaron algunos Gloster Meteor existentes en la Fábrica de Aviones. Con el pasar de los días distintos aviones irían llegando, tanto panqueques de otras bases aéreas (un Avro Lincoln llegado ese día de Morón partió hacia Villa Reynolds pero cayó por un desperfecto en el camino) como aviones de Aerolíneas Argentinas utilizados como transporte. Con respecto a los bombarderos, en la Escuela de Aviación no había repuestos ni bombas en cantidad, así que se trasladaron a la base Comandante Espora para recibir el material necesario.[230]

Tres cazas Gloster Meteor de Fuerza Aérea leal, piloteados por mayor Daniel Pedro Aubone, comandante Eduardo Catalá, y el capitán Amauri Domínguez hicieron una pasada sobre el aeropuerto de Pajas Blancas, dejando fuera de servicio a los dos bombarderos Avro Lincoln que habían sido los primeros panqueques del 16.[230] El éxito de la misión entusiasmó al ministro Lucero que ordenó para el día siguiente un segundo ataque aéreo contra Córdoba, esta vez con Avro Lincoln. Pero para los rebeldes significaba una contrariedad importante por la escasa cantidad de aviones que tenían,[231] además en horas de la tarde llegó la noticia de que el II Ejército no marcharía directamente hacia Córdoba.[232] Esto era un gran problema, debido a que los rebeldes no tenían una agrupación completa: tan solo una unidad de artillería con oficiales y tropa. Los suboficiales estaban todos detenidos por la falta de confianza que les inspiraban. El aporte de los paracaidistas no alcanzaba para formar un regimiento y los comandos civiles, a pesar del entusiasmo, carecían de entrenamiento. El capitán García Favre voló a Mendoza pidiendo refuerzos de infantería. Lonardi evaluó la posibilidad de establecer un puente aéreo y trasladar la revolución a Mendoza, pero Krause se negó rotundamente:[232]

Yo no estoy de acuerdo con evacuar. Nosotros dijimos que veníamos a vencer o morir; de manera que de acá no me muevo, ni voy a permitir que ninguno de los aviones que están bajo mis órdenes lo haga.

comodoro Julio César Krause, 17 de septiembre de 1995[232]

Al atardecer del 17, la mayor parte de la V división, comandada por el general Aquiles Moschini, llegó por tren a la localidad de Deán Funes, al norte de la provincia. La integraban cuatro regimientos de infantería (números 15, 17, 18, y 19), uno de artillería, uno de caballería y un batallón de comunicaciones.[233] Al este en Río Primero se hallaba el regimiento 12 de infantería bajo las órdenes del general Miguel Ángel Íñiguez. Y al sur, la IV división a cargo de Morello se sumaría a las fuerzas de Íñiguez y Moschini en un movimiento de «pinzas» para ahogar a Lonardi y Videla.[234]

Situación al 17 de septiembre.

El Comando Sur ordenó la voladura de puentes en un radio de 100 km a la redonda[235] y cerrar una compuerta del gasoducto para cortar la provisión de gas a Buenos Aires.[236] Contra él se acercaban la III División de Caballería, el 2 regimiento de Artillería y el 3 de infantería.[237] El regimiento 3 de infantería, de La Tablada, era el único del Gran Buenos Aires al que se ordenó alejarse de la ciudad. Partió en una columna de 47 km de largo hacia la zona de Bahía Blanca. Su jefe, coronel Carlos Quinteiro, recibía órdenes desde Buenos Aires del general Francisco Ímaz, Comandante de Operaciones del Ejército. El regimiento había dejado su armamento antiaéreo en Buenos Aires, porque se creía que en Comandante Espora no había espoletas (elementos que hacen detonar las bombas). Más tarde esta hipótesis resultó ser fatalmente falsa. Llegados a Tandil, Ímaz les encargó cambiar de rumbo y ocupar un arsenal de la marina en Azul. El regimiento de Azul, por su parte, ya había partido.[238] En la base Espora se recibieron dos Avro Lincoln y un grupo de Calquins al mando del capitán Jorge Costa Peuser, que se pasaron al bando rebelde.[239]
Un grupo de radioaficionados rionegrinos avisó que fuerzas leales al gobierno se dirigían a Viedma por tren: se trataba de la segunda agrupación del II Ejército, destacadas en San Martín de los Andes, Covunco, Zapala y otros lugares de Neuquén y Río Negro. En consecuencia, Perren mandó volar varios puentes sobre el Río Colorado.[239]

18 de septiembre

El día 18 a las 9:17 Isaac Rojas rechazó un despacho del Ministerio de Marina que lo intimaba a rendirse. En ese momento estaba al frente de una pequeña flota: el destructor La Rioja, el patrullero Murature, los rastreadores Granville, Drummond y Robinson, el submarino Santiago del Estero, y el buque taller Ingeniero Gadda, además de otras embarcaciones de desembarco y lanchas torpederas.[240] Poco tiempo después pudieron divisar a lo lejos los grandes cruceros La Argentina y 17 de Octubre, de la Flota de Mar, que había partido el día 16 desde Puerto Madryn en una situación poco clara. Lo que se sabía era la posición lealmente peronista de su comandante, el almirante Basso. Su composición era la siguiente: crucero 17 de Octubre (capitán de navío Fermín Eleta), crucero La Argentina (capitán de navío Adolfo Videla); destructores Buenos Aires (capitán de fragata Eladio Vásquez), Entre Ríos (capitán de fragata Aldo Abelardo Pantín), San Juan (capitán de fragata Benigno Varela) y San Luis (capitán de fragata Pedro Arhancet); fragatas Hércules (capitán de fragata Mario Pensotti), Sarandí (capitán de fragata Laertes Santucci) y Heroína (capitán de fragata César Goria); buque taller Ingeniero Iribas (capitán de fragata Jorge Mezzadra) y buque de salvamento Charrúa (capitán de corbeta Marco Bence).[241] Casi todos los comandantes de buques estaban implicados en la conspiración, salvo los capitanes de navío.[241] El Comandante en Jefe era el vicealmirante Juan C. Basso; el comandante de la Fuerza de Cruceros era el contraalmirante Néstor Gabrielli, la Escuadrilla de Destructores era comandada por el capitán de navío Raimundo Palau y la División de Fragatas por el capitán de navío Agustín Lariño. Este último era el de mayor rango entre los conspirados.[241]
La primera comunicación recibida por la flota el día anterior, a las 8:22, informaba acerca de «grandes levantamientos» y en la contestación se dejó clara la situación: era leal.[241]

Crucero 17 de Octubre, luego rebautizado General Belgrano.

Por la tarde la oficialidad rebelde del crucero 17 de Octubre detuvo a Basso, y así Lariño quedó al mando de la flota revolucionaria.[242] Los dos cruceros de la flota fueron hacia el Río de la Plata a máxima velocidad (25 nudos). El resto de la flota, que no podía viajar tan rápido, pasaría por Puerto Belgrano para aprovisionarse y depositar allí a los oficiales detenidos y liberar a los 85 tripulantes que voluntariamente habían decidido no sumarse a la rebelión.[243] Llegados al Plata en la mañana del 18 de septiembre, La Argentina homenajeó con 17 salves al Murature y se subordinó ante su nuevo comandante, Isaac Rojas.[244] Contemporáneamente en el Ministerio de Guerra el Comando de Represión tenía informes de la posición rebelde de la flota, pero en Mar del Plata no se la había visto pasar. En el Comando se hallaban tres oficiales de la navales como oficiales de enlace: los capitanes de fragata Jorge Boffi, Enrique Green y Juan García. El resto del comando ignoraba que estos oficiales eran parte del complot revolucionario y se habían puesto de acuerdo para suministrar informes falsos y sabotear las órdenes que se emitieran a través de ellos.[245]
Ante la noticia de que una columna blindada viajaba a Puerto Belgrano vía Mar del Plata, el estado mayor de Isaac Rojas adivinó que repostarían su combustible en los tanques de YPF en esa ciudad. Entonces se mandó al crucero 9 de Julio y a los destructores que bombardearan los depósitos de petróleo de Mar del Plata, previo aviso a la población.[246]
Esa misma mañana se estableció el gobierno revolucionario en Mendoza:[247] el aeropuerto del Plumerillo se convirtió en la tercera baste aérea revolucionaria, sumando doce Calquínes. También envió a San Juan al teniente coronel Mario A. Fonseca para que se hiciera cargo del gobierno de esa provincia.[248] Al mediodía Lagos recibió a García Favre que traía un desesperado pedido de refuerzos.[249]
El regimiento 3 de infantería motorizada llegó a General La Madrid hacia el mediodía y el teniente coronel Arrechea recibió la orden de abandonar sus vehículos y proseguir en tren.[250] Arrechea pensó que esa orden era inaceptable, ya que después de bajarse del tren, el regimiento ya no estaría motorizado;[251] entonces resolvió establecer una comunicación telefónica entre el general Imaz y el jefe del regimiento, coronel Carlos Quinteiro, quien se negó a cumplir la órden.[252] Por el gran tamaño de esa columna adversaria, en la Base Espora se decidió hostigarla durante el resto del día. El teniente coronel Arrechea rememora:[252]

Fuimos tremendamente atacados (...) nos hicieron pasar las mil y una los NA, enloqueciéndonos como mosquitos, volando sus pilotos con gran valor a 5 metros del suelo. (...) Ahí perdimos mucho material, cerca del 50% del material rodante.

César Camilo Arrechea.[252]

A pesar de los bombardeos, esa noche las fuerzas leales al gobierno habían rodeado la zona aledaña a Bahía Blanca. El capitán de navío Arturo Rial barajó la opción de zarpar hacia Río Gallegos,[253] previendo una guerra civil prolongada donde los rebeldes podían ocupar la Patagonia y sus fuentes energéticas. A la tarde, Rial y Lonardi se comunicaron por radio y resolvieron que cada uno resistiría sin rendirse.[254]
En Córdoba a primera hora de la mañana Lonardi organizó la defensa de su posición en tres grupos: el primero en la Escuela de Aviación Militar y la fábrica de aviones; el segundo en la Escuela de Suboficiales de Aeronáutica, defendiendo su valiosa pista; y el tercer grupo, más pequeño, estaría detrás de los otros dos, mirando hacia la ciudad de Córdoba. Allí el general Videla Balaguer contaba con dos piezas de artillería prestadas por un suboficial retirado, una pequeña compañía de paracaidistas, un grupo de cadetes y aspirantes de la Fuerza Aérea, y unos nutridos grupos de civiles con poca o nula instrucción militar.[255] Ante la inminencia de un asalto crucial por parte de fuerzas leales muy superiores a las rebeldes, Lonardi mandó celebrar «una gran misa de campaña, con confesión general y comunión» en la plaza de armas de la Escuela de Aviación,[255] y tras una arenga hizo cantar el himno nacional. El primer ataque contra los rebeldes esa mañana lo efectuó un grupo de Avro Lincolns cuya misión era bombardear las pistas de aterrizaje.[256] El gobierno no preveía que los rebeldes tuvieran interceptores, así que la presencia de los Gloster Meteor sorprendió a los bombarderos. Para no disparar sobre camaradas se les invitó por radio a sumarse a la revolución: los intentos fueron en vano, y los bombarderos se retiraron tras una intimación.[257]
La brigada del general Miguel Ángel Íñiguez llegó a Córdoba por el oeste desde Río Primero. Tras él venían el teniente coronel Podestá y el general Sosa Molina. Desde Anisacate avanzaba el general Alberto Morello. En cambio, la V División había llegado a Deán Funes en tren, pero no conseguía la cantidad necesaria de vehículos para seguir avanzando. Además se les había dado la orden de no entrar a la localidad de Jesús María pues se creía que el liceo militar local se había sublevado y en ese caso la mayor parte de los defensores habrían sido alumnos menores de edad.[258] Esta suposición se comprobó falsa, y a las 20:30 las tropas emprendieron el avance.[259]
Íñiguez, en cambio, llegó por el oeste avanzando hacia Alta Córdoba. Esporádicamente francotiradores civiles abrían fuego sobre ellos. En la estación de ferrocarril una acción de los comandos los forzó a abandonar sus vehículos:[260]

El tiroteo era esporádico: de a ratos nutrido, después espaciado. Nosotros seguimos avanzando en plena lucha, cuerpo a tierra y de a saltos hasta entrar en la estación, donde había una gran playa de vagones. En cierto momento el ataque de los guerrilleros recrudeció y nos obligó a dar frente hacia el oeste.

Miguel Ángel Íñiguez.[260]

A las 9:30 la estación había sido ocupada por el Ejército Argentino. Los rebeldes, denominados guerrilleros o insurgentes[261] por sus adversarios, se apostaron en los hoteles Savoy y Castelar que estaban enfrente, y en unas azoteas vecinas. Un intenso tiroteo cruzaba la calle hasta que un bombardero Calquín atacó la estación: una bomba de napalm cayó sobre vagones vacíos levantando una gran bola de fuego, otra bomba atravesó el techo y se clavó en un andén, sin explotar. Íñiguez resolvió mantenerse en su posición mientras esperaba al resto de sus tropas que iban llegando a la ciudad. A las 15:30 se reanudó el combate, y las tropas gubernamentales ya contaban con morteros y ametralladoras.[260]
En Capital Federal la ocupación de la estación de Alta Córdoba se publicitó como la ocupación de toda la ciudad, quedando pendiente una «operación de limpieza en las sierras y montes».[262]

Anuncia el Comando de Represión que las operaciones de limpieza en Córdoba insumirán el día de la fecha y tal vez, inclusive, parte del de mañana; así lo determina la peculiaridad de la topografía de esa ciudad.

Radio Nacional, 18 de septiembre de 1955.[262]

El general Arnoldo Sosa Molina -hermano del Comandante de operaciones José María Sosa Molina- fue enviado desde Buenos Aires ante el general Morello para llevar órdenes y recabar información sobre el estado de las fuerzas que se reunían en Alta Gracia. Esas tropas avanzaron sobre Córdoba hacia la Escuela de Aviación, pero el camino estaba ligeramente más elevado que la planicie circundante y toda la artillería rebelde les hizo fuego: tuvieron que retirarse. Esto no tuvo un impacto material tan grande como fue el impacto psicológico.[263]
En tanto, en Alta Córdoba el contexto de combate callejero hacía que la defensa y el ataque tomaran características fuera de lo común: no había las tradicionales líneas, sino que los distintos pelotones estaban mal coordinados. Los avances o retrocesos solían ser repentinos y oscilantes.[259]
Lonardi ordenó a Videla Balaguer que se retirara del casco urbano de Córdoba para establecer un único foco de resistencia, pero Videla se negó por dos motivos: primero, que la caída de la ciudad tendría un impacto fulminante en la moral de la tropa; segundo, que él había tomado juramento a todos de luchar hasta el triunfo o morir sin retroceder.[264] Durante la tarde Lonardi emitió un radiograma al contraalmirante Rojas: «Córdoba pide acción efectiva urgente sobre Buenos Aires».[265]

Situación al 18 de septiembre.

Al anochecer hubo una pausa en la lucha. Íñiguez recibió de Morello la orden de tomar el Cabildo, pero no la cumplió para evitar una lucha callejera a oscuras. Sosa Molina luego aprobó el comportamiento de Íñiguez. Morello retrocedió a Alta Gracia porque previó, acertadamente, que durante la noche la artillería rebelde atacaría su posición con fuego de aniquilamiento.[266] En Alta Gracia el gobernador constitucional, Raúl Luchini, había reunido más de 100 policías con los que pretendía entrar a la ciudad cuando ésta fuera tomada por las tropas leales.[267]
Durante el día se habían despachado por ferrocarril varios tanques hacia Río Cuarto y Villa María; y la Tercera Compañía de Infantería, de la Escuela de Suboficiales de Campo de Mayo, aterrizaría al día siguiente en Las Higueras. La orden era que todas las tropas leales atacaran el 19 al amanecer.[265]
En Mendoza el recibimiento popular que tuvo el ejército, la mansa actitud del gobernador Carlos Horacio Evans cuando entregó el poder, y el hecho de que la CGT atacara a los soldados, hizo que gran parte de la tropa comenzara a simpatizar con el bando rebelde. La posición del general Lagos se consolidó cuando se incautaron potentes piezas de artillería compradas a EE. UU. por el gobierno de Chile que se encontraban en un vagón en tránsito hacia la vecina república. El 19 por la mañana, el capitán García Favre se entrevistó por segunda vez con Lagos y le propuso constituir un territorio beligerante con un gobierno revolucionario provisional, generando así una «complicación internacional seria» para el presidente Perón. De esta manera Lagos podía colaborar con Lonardi aún sin enviar tropas.[268] [269]

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