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Mariano Moreno: A 200 años de su ¿asesinato?

Por Juan Ignacio Verni

Político, escritor, abogado, periodista, fue un personaje ineludible en nuestro proceso de emancipación de España. ¿Fue realmente asesinado por sus enemigos políticos? ¿Murió víctima de una enfermedad? ¿Existió realmente una conspiración en su contra?.

Moreno tuvo una valiosa y combativa actividad en los sucesos que sucedieron a la semana de mayo de 1810. Por este motivo, su muerte ha despertado las más fuertes intrigas.

Hoy se cumplen 200 años de la muerte de Mariano Moreno. Fue excelente como político, escritor, abogado, periodista, además de convertirse en un personaje ineludible en nuestro proceso de emancipación de España. Por su valiosa y combativa actividad en los portentosos sucesos que sucedieron a la semana de mayo de 1810 es que el motivo de su muerte ha despertado las más fuertes intrigas: ¿fue realmente asesinado por sus enemigos políticos? ¿Murió víctima de una enfermedad? ¿Existió realmente una conspiración en su contra?

Durante años una miríada de historiadores ha intentado develar el misterio. Dejando de lado ese desdichado anacronismo que nos equipara la muerte de Moreno con la de un desaparecido de la última dictadura argentina, lo cierto es que existen varios factores que nos llevan a pensar que su desaparición pudo haber sido obra de sus adversarios políticos. Una de esas razones, tal vez la más “fogosa”, era su espíritu combativo a la hora de apoyar una radical y dura revolución para separarnos de la opresión española; espíritu que siempre apareció por medio de sus letras y palabras y que lo llevó a enfrentarse con el ala más conservadora de la sociedad porteña.

El fuego nace

Nació en el Buenos Aires español de 1778. Hijo de clase media, su familia trabajó para que pudiese cursar sus ansiados estudios universitarios. A los 21 años ingresó a Universidad de Chuquisaca, lugar al que llegó ya cargando con la influencia de esos autores liberales que gastaban sus tintas y sus vidas denunciando la opresión española en el virreinato y el trato inhumano que le dedicaban a los esclavos en las minas del norte. Dicha explotación pudo ser comprobada por el propio Moreno cuando visitó las minas de plata del Potosí. Vio, azorado, el nivel de mal trato al que eran sometidos miles de indígenas que, según sus propias letras, “no tuvieron otro delito que haber nacido en unas tierras que la Naturaleza enriqueció con opulencia”.

Sus dichos no iban a caer bien, y él lo sabía. Luego comenzó a defender como abogado a varios indígenas que querellaban a sus patrones por abusos. Esto no tardó en inquietar a los aristócratas de la región, que hicieron la estadía del académico dura y belicosa. Cuando la situación no dio para más, se volvió para Buenos Aires en donde comenzó a trabajar para el Cabildo.

Su pluma volvería a cobrar un picante protagonismo luego de las invasiones inglesas. Después de echar a los invasores, en Buenos Aires se formaron los partidos políticos que impulsarían nuestra revolución emancipadora. Esos partidos se dividían, básicamente, en dos grupos que tenían diferentes aspiraciones económicas: estaban los comerciantes monopolistas (españoles fieles al rey que se enriquecían con la exclusividad comercial que detentaban a través del sistema monopolista) y los ganaderos que querían exportar sus productos a países con los que ganarían más dinero, logrando un mayor grado de desarrollo; estas, claro está, eran aspiraciones que España les prohibía ya que las colonias sólo podían comerciar con la metrópolis. Moreno percibía ese sistema como abusivo, sobre todo porque España y Francia estaban en guerra, hecho que había paralizado el flujo comercial con la península. Por este problema escribió su famosa Representación a los hacendados, proclama en la que defiende a gritos la libertad de comercio y a través del cual comienza a revelar su lado más revolucionario.

El fuego crece

Su verdadero y más potente activismo lo desarrollaría luego de finalizada la célebre Semana de Mayo. A pedido de la Junta había confeccionado su Plan de Operaciones, en el que proyectó el camino que debía seguir la revolución empezada el 25, y en el que declaraba su radicalismo a la hora de enmanciparse de España diciendo que si era necesario había que “cortar cabezas, verter sangre y sacrificar a toda costa.”

Desde el Gobierno de la Primera Junta haría reformas que beneficiarían al libre comercio, para luego fundar La Gazeta, diario desde el cual esparcía el radicalismo que proponía su partido. A esta altura ya estaba enfrentado con el presidente Cornelio Saavedra, personaje conservador que veía muy agresivos los cambios económicos y sociales que Moreno quería implementar, ya que pondrían en jaque el poder y las fortunas de los poderosos de siempre.

Esta tensión terminó en una pelea abierta. Al poco tiempo, el partido de Saavedra consigue más apoyo que el de Moreno. Sabiendo que el abogado se caracterizaba por su persistencia y su carácter combativo, Saavedra lo aleja asignándole una misión en Inglaterra para comprar armas. Partió el 24 de enero de 1811. Murió el 4 de marzo en altamar, y, acorde a la legislación de salubridad vigente, tiraron su cuerpo al agua. El doctor declaró que murió a causa de una enfermedad que había sido contraída antes de abordar.

Hacía falta tanta agua...


Sin embargo, hay varios motivos para desconfirar de la versión oficial y pensar que, realmente, fue asesinado por sus enemigos. Por ejemplo, es curioso que el Gobierno le haya asignado una misión idéntica a otra persona dos semanas después de la partida Moreno en caso que este último “hubiere fallecido”.

Su mujer, Guadalupe, recibió un paquete que contenía guantes negros, un velo y un abanico de luto. Les escribió cartas desesperadas de amor. Nunca las recibió, ya que su esposo había muerto luego de haber aceptado tomar un remedio que le ofreció el capitán. Los síntomas que sufrió antes de morir solo y en el medio de la nada son muy similares a los que demuestra una persona que sufre un envenenamiento de arsénico.

Pero hasta ahora ningún documento puede asegurar que Mariano Moreno haya sido asesinado por los partidarios de Saavedra; nos queda, sin embargo -y para aumentar aún más la sospecha-, la famosa frase que éste soltó luego de su muerte: “Hacía falta tanta agua para apagar tanto fuego”.

 

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